Mi segundo parto (III). Fumando espero…

Ahora que todo ha pasado, recuerdo que desde que me pusieron la epidural hasta que Bolita asomó la cabeza, nos tocó esperar unas 5 horas. Tanto, que ahí tumbada en la cama del paritorio me daban ganas de cantar la canción de Sara Montiel, aunque con variantes:

Dilatando espero, al bebé que yo quiero…

Porque mi hijo tardó en llegar al mundo bastante más de lo que yo había esperado. ¿El motivo? Las contracciones se pararon. Ploff, jarra de agua fría. Pero retomemos el relato…

A las 5:30 a.m. me pusieron la epidural, como os contaba en mi anterior post Mi segundo parto (II). ¡Que me pongan la epiduraaaal! y llegué a escuchar música procedente de las esferas celestiales. ¿De verdad hay mujeres que aún hoy paren sin anestesia? ¡Olé, olé y olé por ellas! 🙂 A partir de ese momento (bueno, unos 15-20 minutos después, que esto tampoco es la purga de Benito) mi marido y yo pudimos descansar a pierna suelta. Incluso he de confesar que de nuestro paritorio salían ronquidos y hasta llegué a babear la almohada 😉

1 de febrero, 7 a.m. 

A esa hora intempestiva en la que aún no han puesto las calles pero en la que los hospitales hierven de actividad, la menda lerenda estaba completamente dilatada, con la cabecita de su bebé casi asomando peeero… El mozo aún tenía que girarla para poder salir, así que había que esperar.

Esperando al bebé en el parto

1 de febrero, 9 a.m.

Así, como quien no quiere la cosa, habían dado las 9 de la mañana. De nuevo nos encontrábamos solos, a mitad de camino entre el sueño y la vigilia, yo pensando en cómo se habría levantado Pegotito y preguntándome, a punto de desesperar, por qué nos habían dejado abandonados…

Mami, el bebé está bien colocado ya, pero tus contracciones han dejado de ser regulares. Vamos a ponerte un poco de oxitocina para reavivarlas y ayudarle a salir.

¡Vaya por Dios! Para una vez que me libro… Ale, majo, chuta lo que tengas que chutar 😉

Llámame cuando notes presión en los bajos y ganas de empujar.

Pero yo apenas sentía nada, porque el lado izquierdo de mi cuerpo estaba completamente dormido. Tanto, que mi pierna izquierda no me respondía. Tan solo notaba unas fuertes ganas de vomitar, que se tradujeron en un:

¡Quiero vomitaaaaar!

Y vomité, preguntando a mi matrón con los ojos si lo que me pasaba era normal.

Sí, lo es. Es por el efecto de la epidural.

Tras ese momento escatológico, de nuevo nos tocó esperar, con los ánimos ya un poco por los suelos, para qué negarlo.

Esperando al bebé en el parto

1 de febrero, 10:30 a.m.

Después de una nueva visita y reconocimiento por parte del matrón, nos dieron una buena noticia: las contracciones habían vuelto a ser regulares y la cabeza de Bolita estaba casi asomando, así que iban a prepararlo todo para el expulsivo. ¡Bieeen!

Los preparativos se me hicieron larguísimos: que si trae esto p’acá, que si esto otro p’allá, que si pitos, que si colócate asá, que si flautas… Y yo manifestándole que no iba a ser capaz de empujar porque apenas sentía nada en el lado izquierdo.

Pero sí, con su ayuda y mis ganas fui capaz de traer a mi segundo hijo al mundo, de una forma pausada y relajada, disfrutando de la situación e incluso viviendo momentos de risas:

Uy, pues sí que tiene pelo este niño, ¡mira papá!

Alaaaa, venga, otro espectador más… ¡Que una no está presentable, por el amor de Dios! Pero papá miró…

A los pocos días me confesó que aquella parecía una escena de The Walking Dead, ¡jajaja! Menos mal que rechacé la opción de verlo en directo mediante un espejo que me ofrecieron. Ya tenía bastante con vivirlo. 😉

Y a las 11:18 a.m. nació Bolita, haciendo del 1 de febrero el segundo día más maravilloso de mi vida. 🙂 Me convertía en bimadre, en madre de dos. Mi vida volvía a cambiar otra vez.

¿Episiotomía? No hizo falta, aunque no me libré de los puntos. Bolita nació con la mano por delante y me causó un desgarro. En fin, hijo mío, esta te la guardo. Luego no te quejes cuando te caiga alguna colleja 😉

Cuenta atrás…

Cuenta atrás final del embarazo

Llevo mucho tiempo desaparecida de este mundillo blogueril, sin leer demasiado y sin escribir nada. Han pasado taaantos días que nos hemos plantado en la semana 35 de embarazo casi sin enterarnos. La semana 35… La semana en la que Pegotito nació y que me ha hecho albergar miedos de todo tipo.

No hubiese pensado llegar hasta aquí cuando vi mi positivo allá por el mes de junio. Me daba terror quedarme embarazada y volver a pasar por un parto prematuro o mucho peor, gran prematuro. Aún no puedo lanzar las campanas al vuelo, claro está. Solo cruzo los dedos y deseo con todas mis fuerzas que mi bebé decida esperar al menos un par de semanas más para que el miedo a lo desconocido no se apodere de nosotros de nuevo.

El parto, ese gran momento crucial en la vida de casi todas las mujeres que desean ser madres, está cada noche presente en mis sueños. Porque esto ya no tiene vuelta atrás: mi segundo hijo solo tiene un camino por el que salir (al menos eso espero) y con Pegotito fue todo tan bien y tan rápido, tratándose de una madre primeriza (en 8 horas estaba todo acabado y sin necesidad de  cesárea), que me genera espanto el momento de romper aguas o sentir las contracciones y tener que marchar al hospital. Porque, para bien o para mal, cada parto es un mundo. Y en estos momentos lo temo, y mucho.

Otra cuestión que me genera casi el mayor nivel de angustia es el momento de separarme de mi hija. Aunque se quedará en buenas manos, en compañía de sus abuelitos (o sea, mis padres), el marcharme de casa sin saber cuándo volveré a verla, si dentro de unas horas, o de un par de días, me causa desazón y un punto de tristeza. Porque aunque ella me dice que no me preocupe porque irá a verme al hospital, no puedo pasar un día sin abrazarla, sin sentir sus besos, sin ver su sonrisa, sin notar su calor mientras pega su cuerpecito contra el mío al dormir.

¿Y si no quiero al nuevo igual? ¿Y si no experimento el amor profundo que siento hacia mi hija de la misma forma? ¿Qué ocurrirá si no me enamoro a primera vista otra vez en el paritorio de ese ser que llevo dentro de mí, tan desconocido aún?

¿Seré capaz de volver a sacar adelante a un ser indefenso? ¿Me vencerán las dudas? O por el contrario, ¿volveré a transformarme en el paritorio en una MADRE en una versión mejorada de mí misma?

Lo único que sé es que ya no hay marcha atrás. It’s the final countdown, que dirían los de Europe. Y haciendo de nuevo alusión a uno de los grandes, solo me queda decir que el show debe continuar… 😉

 

Diferencias entre el primer y el segundo embarazo

Cada persona es un mundo, ya se sabe. Y cada embarazo de cada mujer lo es mucho más. Porque no es lo mismo estar embarazada y disponer de todo tu tiempo libre para seguir a pies juntillas las recomendaciones médicas en cuanto a la gestación (caminar, descansar, comer legumbre y pescado 5 veces al día, modo ironía activado…) que tener que atender a una personita de 3 años con una barriga de 27 semanas y aún así, que las cosas, milagrosamente, marchen bien. 😉

Así pues, nuestro pequeño garbancito está pasando por su vida intrauterina sin pena ni gloria, para ser sincera. Las semanas y los meses van transcurriendo y no me queda tiempo para preocuparme ni para buscar en Internet si es normal ese quemazón que noto debajo de las costillas. Acudo a las citas médicas con puntualidad y punto pelota.

Lo de andar, que tan rigurosamente cumplía cuando llevaba a Pegotito en mi interior, confieso no llevarlo tan a rajatabla en este segundo embarazo. No hay tiempo entre semana, ni muchas ganas después del trabajo, para salir a dar paseos. ¿Cómo, si no, podemos cumplir nuestros horarios y tener la cena preparada a la 8 p.m. para que nuestra peque pueda irse a dormir a las 9 p.m.? No me salen las cuentas 😉 Así que camino cuando puedo, qué le vamos a hacer. Menos mal que soy una abanderada del transporte público y lo utilizo en mis desplazamientos diarios al trabajo. Así que, menos da una piedra.

Descansa, túmbate cuando lo necesites, escucha a tu cuerpo”, me recomendó la matrona en mi última visita. Me encantaría, claro que sí, pero en cuanto pego el culo al sofá me reclaman una partida al dominó o la lectura de un cuento. Y…, ¿cómo resistirse a esos ojillos que te piden que juegues? ¡No puedo negarme!

Luego están las tareas domésticas. Que sí, que vale, que no me voy a poner a limpiar el horno (aunque debería) ni a subirme a la escalera para hacer el cambio de armario (porque no me lo permiten, que si no…). Pero no puedo dejar que mi santo esposo se encargue de todo. Porque ya se ocupa de muchas cosas y tampoco es plan de que se sature.

¿Y qué me decís de la crema hidratante? Solo recurro a ella cuando me pica la piel a rabiar y tengo que calmarla. Ala, así os lo suelto. Soy carne de cañón de estrías. O no, quién sabe. 😉 Pero después de ducharme, con Pegotito, por aquello de ahorrar tiempo, tengo que preparar la cena. Y luego, cuando se acuesta, es mi momento para, por fin, sentarme en el sofá y disfrutar de mi momento de series. ¿Quién se acuerda de la crema entonces? 😉

Por no hablar de las clases de preparación al parto, que en esta ocasión ni las voy a pisar. 😦 Y no porque no me parezcan interesantes, sino porque no se ajustan demasiado bien a nuestros horarios, así que tendré que recurrir a mi memoria y a mi libreta para saber qué meto en la bolsa del hospital o cómo respirar cuando llegue el momento “P”, de parto. 😉

Y doy gracias al cielo de que, hasta el momento, las cosas van bien. Porque, hasta ahora, no planea sobre mí la amenaza del reposo, y rezo para que así sea. Claro que, el tiempo va pasando y el cansancio comienza a hacer mella en mí.

En fin,  crucemos los dedos y confiemos en que todo irá bien. 🙂

¿Cómo llevasteis vuestros embarazos? ¿Alguna diferencia?