Mi segundo parto (I). ¿Pero esto qué es lo que es?

Hace 2 meses nació Bolita, mi segundo hijo.

“Caray con esta mujer. A la primera la llaman Pegotito y al segundo Bolita”.

Pues sí, pero es que aquí mi amigo se hace una bolita cuando quiere dormirse y me encantaaaaaa 😉

Llevaba tiempo queriendo sentarme a contaros cómo fue el parto, para desmitificar eso de que “los segundos salen solos”. ¡Y una leche! ¡13 horas estuve yo penando, desde que rompí aguas hasta que Bolita asomó la cabeza! 13 horas que se me hicieron eternas pensando en cómo estaría Pegotito. Porque, amigas, el segundo hijo se convierte en un superviviente mientras tú intentas dedicar casi todo tu tiempo libre al mayor. Ay, Bolita, lo que te queda por aguantar… 😉

Sin más dilación…, comienzo el relato…

Me pasé la recta final del embarazo deseando con todas mis fuerzas que mi parto se desencadenara por rotura de bolsa y no por contracciones. He parido 2 veces y aún no me queda claro cuándo acudir al hospital: si cuando las notas cada 10, cada 5 o cada 17 minutos. ¡Por Dios, qué lío! Si te vas demasiado pronto te mandan a casa. Y si te esperas mucho te descuidas y te pones a empujar en el descansillo del portal. O en el coche. O vete tú a saber. El jaleo padre.

Lo que no me esperaba era romper la bolsa de la forma que aconteció, tan distinta de la explosión hidraúlica que había experimentado cuando Pegotito quiso venir al mundo, como os contaba en mi post “Mi parto (I) Un, dos, tres… ¡Splash!”

31 de enero, 22:30 p.m.

Pegotito dormía ya desde hacía un rato, habíamos cenado y se presentaba ante mis ojos una noche estupenda, en la que me tumbaría en el sofá a descansar y a ver otro capítulo de la serie que estábamos siguiendo en aquel momento, a saber, The Newsroom.

Así que después de lavarme los dientes me dirigía hacia el salón cuando de repente noté un dolor parecido a una contracción y a continuación empecé a sentir un riachuelo que me caía entre las piernas…

“Esto, marido, creo que me estoy haciendo pis en medio del pasillo”

Romper aguas y ponerte de parto

Esta fue la cara que se me quedó

¡Dios! ¿Cómo me podía estar pasando esto a mí? ¿Mearme, yoooo? ¡Menuda vergüenza!

Desde luego todo parecía indicar que mi vejiga se había vaciado en aquel preciso momento, si no fuera porque al dirigirme rauda y veloz hacia el baño, ese mini torrente que había parado de correr se reanudó, acompañado de unas mini hebras sanguinolentas y un no olor que me hizo sospechar que nos encontrábamos ante otra cosa.

“Ay, madre, que creo que he roto aguas”

Y así, mentando a mi madre por segunda vez aquella noche, la llamé por teléfono y le pedí que viniera a casa a estar con Pegotito, porque nosotros nos íbamos al hospital. Después de eso me puse a doblar ropa y a guardarla, con toda la tranquilidad que me permitía el momento, mientras buscaba algo que ponerme para no continuar empapando mi ropa interior. Mi hijo estaba en camino…

Continuará… 😉

Mi parto (I). Un, dos, tres… ¡Splash!

Ya estaba yo tardando en hablar sobre mi parto, con lo que me gusta recordarlo. Debo de ser masoquista o algo así, porque me encanta hablar sobre ello y compartir mi experiencia con otras mujeres. Además, esto es un blog sobre maternidad, ¿no? Pues allá vamos. 😉

Lo voy a dividir en tres partes para que esto no sea más largo que un día sin pan. Comenzamos con la primera. La he titulado como una famosa peli de los 80. Las que seáis de mi quinta seguro que os acordáis: Tom Hanks, Daryl Hannah y una sirena. Porque al principio hubo agua, mucho agua. Esta es mi historia…

7 de octubre de 2013

Las clases de preparación al parto finalizaron ese día. En la última sesión habíamos estado viendo los pujos y una de las compañeras, embarazada, claro, se había ofrecido voluntaria para escenificar el momento clave. Salía de cuentas ese mismo día. ¡Qué curioso!, pensé. Como se ponga de parto esa misma noche, ¡menudo punto!

El momento se estaba aproximando y, aunque aún faltaban unas 5 semanas para que llegase mi fecha prevista de parto, el canguelo se empezaba a apoderar de mí. ¿Seré capaz de parir a mi hija, con lo blandengue que soy? ¿Reconoceré las contracciones? ¿Cómo era: dos cada cinco minutos o cada diez? ¡Ay, Dios! A ver si me va a pillar sola en casa y no me entero…

Las cosas para el hospital ya estaban preparadas. Había terminado de ultimar los detalles hacía unos días, siguiendo las recomendaciones de mi madre, por si las moscas. En total íbamos a llevar dos bultos: una mochila para mí y una bolsa de bebé para nuestra pequeña. Que no se me olvidara el mp3 con la carpeta especial de música para dilatación que me había estado currando. Me encanta cantar, me relaja, y seguro que en esos momentos me vendría bien entonar la letra de las canciones de Sabina, Hombres G, Aerosmith, Macaco, Revólver o incluso el Nessun Dorma de Pavarotti.

A ver si un día de estos nos pasábamos a recoger las patas del moisés donde dormiría nuestro bebé. Ya me habían avisado de la tienda y lo habíamos ido dejando de largo. No vaya a ser que le dé por nacer y haya que ir deprisa y corriendo a por ellas.

Mi chico comenzaría a ir a trabar en coche cuando cumpliera la semana 37, la cuenta atrás, the final countdown. Mientras, seguiría moviéndose en transporte público. Estaba todo calculado para que los abonos de tren cuadrasen.

Pero el destino, curiosidades de la vida, lanzó sus dados y me puso a prueba al día siguiente. 😉

8 de octubre de 2013

Me levanté tarde, puesto que no había pasado una noche demasiado buena, como venía siendo habitual desde finales de agosto: despertares continuos cada 3 horas aproximadamente, calambres en las piernas e imposibilidad de dormir más de un par de horas seguidas. Seguía de baja médica por esta razón, así que mi única obligación era descansar todo lo que pudiera. Menos mal que mi doctora se portó bien. Me resultaba imposible ir a trabajar durmiendo 2 horas al día. No era persona.

Después de desayunar, bajé a comprar. Me apetecía preparar pisto para cenar. Así que fui a por los ingredientes y regresé a casa para dejarlo todo picado y así poder salir a pasear cuando mi chico regresara del trabajo.

Luego de trocear el pimiento, la cebolla, el calabacín y Cía, llegó la hora de comer. Así que aliñé la ensalada de pasta, la llevé al salón, me la comí y empecé a pensar en echarme la siesta cuando terminara Saber y Ganar. Pero antes, me levantaré a por un trocito de melón, dulce y fresquito. ¡Hummmm! Y entonces sucedió. Eran las 15:30…

¡Splash! Fue como si me explotara un globo de agua por dentro. Me quedé en shock. Miré hacia abajo y vi chorrear por mis piernas líquido transparente. ¡No puede ser! ¡Solo estoy de 35 semanas! El pánico se apoderó de mí. Tranquila, tranquila, recuerda lo que te contaron en las clases de preparación. ¿De qué color es? Volví a mirar hacia abajo. Es clarito. Todo está bien. Tranquilidad. ¿Cómo mantener la calma en esos momentos? Estaba muerta de miedo.

Cogí el teléfono y llamé a mi chico.

– Hola. Esto…, he roto aguas.

– ¡Jooooder! Llama a un taxi y nos vemos en el hospital. Salgo para allá.

– No, te espero en casa. El líquido es clarito, todo está bien. Yo estoy bien. Un poco asustada, pero bien.

– Vale. Salgo inmediatamente. Cogeré un taxi.

– De acuerdo. Voy a ir cambiándome y a recoger un poco lo de la comida.

Pero era imposible moverme sin que el líquido amniótico siguiera saliendo. Al final mi casa se había convertido en una pista de patinaje. ¡Joder! ¡Me voy a cargar la tarima! ¿Qué tengo ahí adentro, una piscina olímpica?

Mi chico llamó. No encontraba ningún taxi. Le dije que tenía miedo de escurrirme y caerme, que no paraba de salir líquido, así que decidí llamar a Radioteléfono Taxi. Teléfono que, casualmente, había encontrado en mi buzón unos días antes (¿casualidad o señal?). Quedaríamos en la puerta del hospital.

Yo, presa del pánico, necesitaba hablar con alguien más. Llamé a mi madre. Nunca se me olvidarán sus palabras:

– Hola. Mamá, he roto aguas.

(Silencio absoluto)

– ¿Qué quieres decir?

– ¡Que he roto aguas! ¡Que estoy de parto!

Todavía nos seguimos riendo de aquel momento. No tiene desperdicio. 😀 😀

El taxi llegó en 10 minutos, así que cogí mis cosas y bajé. Creo que el taxista se debió poner malo al verme. ¡Ay, madre, a ver si va a dar a luz aquí!

– Qué, ¿vamos de parto? – otro lumbreras 😉

– Sí. Creo que te voy a dejar esto un poco mojado.

– Bah, no te preocupes, eso se seca.

El trayecto hasta el hospital duró muy poco. En la puerta llamé a mi chico. O me llamó él, no lo recuerdo.

– ¿Qué hago? ¿Paso ya o te espero?

– ¡Pues claro, pasa! ¿Cómo no vas a pasar? ¡Llegó en 5 minutos!

Y ahí estaba yo, en el mostrador de información, diciendo por tercera vez: “Hola. He roto aguas“. Sonaba como.

Hola. Soy Íñigo Montoya. Tú mataste a mi padre, prepárate a morir“.

Continuará…