Operación “paso a su habitación y dormir en su cama”

En verano comenzamos a hablar seriamente de pasar a Pegotito a su habitación. Mi marido (¡qué raro se me hace llamarle así!) lo había ido dejando caer desde hacía algunos meses y yo le daba largas argumentando que dormíamos de maravilla los 3 en nuestra habitación (Pegotito en su cuna), que para qué quería fastidiarlo, que mejor esperábamos hasta después del verano, cuando Pegotito cumpliera los 2 años, bla, bla, bla… Además, la que se iba a comer el marrón era yo, que soy su objeto de apego, parece ser. Y no me apetecía ponerme manos a la obra.

Así que comenzamos a mirar camas, para ir adelantando tarea. A mí me encantaban las camas infantiles de Ikea, las pequeñitas, mientras que a él, mucho más práctico que aquí la menda, le tiraban más las normales, las de toda la vida. ¿Adivináis cuál decidimos comprar finalmente? 😉 Si es que, tiran más dos tetas… XD XD

No, fuera de bromas, valoramos pros y contras de ambas opciones, teniendo en cuenta que la habitación de Pegotito es chiquitita, como ella, y al final nos decidimos por la preciosidad de la cama Kritter de Ikea, más conocida como “la de las ovejitas”. Además, a ella también le gustó cuando la llevamos como conejillo de indias a que probara todas las camas de la tienda. 😉

Cama infantil KRITTER de Ikea

No me digáis que no es molona. 🙂

Pros de las camas infantiles de Ikea

  • Se adapta perfectamente al hueco disponible en la habitación de Pegotito, de reducidas dimensiones. Una cama de 1.80 o 1.90 de largo nos comería demasiado espacio, lo que también ocurre con las extensibles de Ikea.
  • Los niños pueden bajar y subir a su antojo. Que tienen sueño, p’arriba. Que se despiertan por la noche y quieren bajar, p’abajo. Y no tienen amagos suicidas de tirarse.
  • Es bajita, con lo cual el castañazo en caso de caerse es menor.
  • Es una cucada.

Contras de las camas infantiles de Ikea

  • En un futuro habrá que cambiarla. Aunque, vete tú a saber lo que ocurre en un futuro. Igual nos toca la Loteria de Navidad y nos vamos a vivir a un pueblecito donde cultivemos nuestra propia comida, a una casa enorme con jardín. 😉 O nos da por aumentar la familia y tenemos que cambiarnos de habitación para que los dos peques compartan espacio. O qué sé yo… El futuro es taaan incierto…
  • El colchón, el protector del mismo y las sábanas bajeras tienes que adquirirlas en Ikea, ya que el tamaño de la cama no es el convencional, sino 70×160 cm. Tampoco es para tanto. 😉 Nosotros nos decantamos por el mejor colchón para este tipo de camas, uno de látex, y el resto es baratito. Eso sí, edredones adaptados a esa medida no hay. Os vale con uno estándard. Y si queréis sábanas encimeras, podéis comprarlas de cama de 90 y remeter. Tampoco vamos a ponernos tan exquisitos. 😉

A fecha de hoy, diciembre de 2015, aún no nos hemos metido de lleno con la operación “paso a su habitación“. Y lo que es más, según mi santo esposo, hemos ido hacia atrás, como los cangrejos: ahora colechamos los 3 en una cama de 1.35 cm, como cuando era un bebé.

Porque, desde hace un tiempo, Pegotito no quiere dormir en su cuna. Profiere unos chillidos espantosos cuando voy a meterla y me dice “mamá, quiero dormir a cama gande”.

En lo que respecta a la cama chiquitita, como la denomina ella, de nada me han servido las fundas nórdicas chachi-guays que compré, con hadas una y flores de colores la otra. Y me temo que tampoco harán su función las 1000 (sí, habéis leído bien) estrellas luminosas para pegar en el techo o la luz quitamiedos con forma de luna. Es tumbarla y tumbarme con ella (ay, madre, un día me cargo la cama) mientras le explico que tiene que dormir ahí porque ya es una chica grande y comenzar a hacer unos pucheros que se transforman en un llanto irrefrenable en un par de segundos.

Porque con mamá y papá se duerme mejor, le doy la razón. 🙂 Y a mí me gusta. Me encanta que se pegue a mí y me dé calorcito, sentir su respiración y que se despierte y me abrace. Pero qué queréis que os diga, a veces, en mitad de la noche, sus piernas y brazos se descontrolan y… ¡Sálvese quien pueda!

Nos hemos puesto como tope las Navidades para comenzar a intentarlo. Sinceramente, la operación está abocada al fracaso. No es cuestión de ser o no ser pesimista. Pegotito está en una fase de apego excesivo hacia mí y sé que no quiere separarse.

Y a mí me da pena, en parte. Porque ya no es un bebé, sino una niña de 2 años. Porque pienso que se irá a su habitación por su propio pie, cuando esté preparada, sin prisas y sin disgustos. Y porque la tendré lejos, a uno o dos metros de distancia, quizá menos, quizá más, se me da fatal calcular estas cosas.

Os mantendré informadas de cómo se van desarrollando los acontecimientos. ¿Alguna recomendación?