Mi segundo parto (III). Fumando espero…

Ahora que todo ha pasado, recuerdo que desde que me pusieron la epidural hasta que Bolita asomó la cabeza, nos tocó esperar unas 5 horas. Tanto, que ahí tumbada en la cama del paritorio me daban ganas de cantar la canción de Sara Montiel, aunque con variantes:

Dilatando espero, al bebé que yo quiero…

Porque mi hijo tardó en llegar al mundo bastante más de lo que yo había esperado. ¿El motivo? Las contracciones se pararon. Ploff, jarra de agua fría. Pero retomemos el relato…

A las 5:30 a.m. me pusieron la epidural, como os contaba en mi anterior post Mi segundo parto (II). ¡Que me pongan la epiduraaaal! y llegué a escuchar música procedente de las esferas celestiales. ¿De verdad hay mujeres que aún hoy paren sin anestesia? ¡Olé, olé y olé por ellas! 🙂 A partir de ese momento (bueno, unos 15-20 minutos después, que esto tampoco es la purga de Benito) mi marido y yo pudimos descansar a pierna suelta. Incluso he de confesar que de nuestro paritorio salían ronquidos y hasta llegué a babear la almohada 😉

1 de febrero, 7 a.m. 

A esa hora intempestiva en la que aún no han puesto las calles pero en la que los hospitales hierven de actividad, la menda lerenda estaba completamente dilatada, con la cabecita de su bebé casi asomando peeero… El mozo aún tenía que girarla para poder salir, así que había que esperar.

Esperando al bebé en el parto

1 de febrero, 9 a.m.

Así, como quien no quiere la cosa, habían dado las 9 de la mañana. De nuevo nos encontrábamos solos, a mitad de camino entre el sueño y la vigilia, yo pensando en cómo se habría levantado Pegotito y preguntándome, a punto de desesperar, por qué nos habían dejado abandonados…

Mami, el bebé está bien colocado ya, pero tus contracciones han dejado de ser regulares. Vamos a ponerte un poco de oxitocina para reavivarlas y ayudarle a salir.

¡Vaya por Dios! Para una vez que me libro… Ale, majo, chuta lo que tengas que chutar 😉

Llámame cuando notes presión en los bajos y ganas de empujar.

Pero yo apenas sentía nada, porque el lado izquierdo de mi cuerpo estaba completamente dormido. Tanto, que mi pierna izquierda no me respondía. Tan solo notaba unas fuertes ganas de vomitar, que se tradujeron en un:

¡Quiero vomitaaaaar!

Y vomité, preguntando a mi matrón con los ojos si lo que me pasaba era normal.

Sí, lo es. Es por el efecto de la epidural.

Tras ese momento escatológico, de nuevo nos tocó esperar, con los ánimos ya un poco por los suelos, para qué negarlo.

Esperando al bebé en el parto

1 de febrero, 10:30 a.m.

Después de una nueva visita y reconocimiento por parte del matrón, nos dieron una buena noticia: las contracciones habían vuelto a ser regulares y la cabeza de Bolita estaba casi asomando, así que iban a prepararlo todo para el expulsivo. ¡Bieeen!

Los preparativos se me hicieron larguísimos: que si trae esto p’acá, que si esto otro p’allá, que si pitos, que si colócate asá, que si flautas… Y yo manifestándole que no iba a ser capaz de empujar porque apenas sentía nada en el lado izquierdo.

Pero sí, con su ayuda y mis ganas fui capaz de traer a mi segundo hijo al mundo, de una forma pausada y relajada, disfrutando de la situación e incluso viviendo momentos de risas:

Uy, pues sí que tiene pelo este niño, ¡mira papá!

Alaaaa, venga, otro espectador más… ¡Que una no está presentable, por el amor de Dios! Pero papá miró…

A los pocos días me confesó que aquella parecía una escena de The Walking Dead, ¡jajaja! Menos mal que rechacé la opción de verlo en directo mediante un espejo que me ofrecieron. Ya tenía bastante con vivirlo. 😉

Y a las 11:18 a.m. nació Bolita, haciendo del 1 de febrero el segundo día más maravilloso de mi vida. 🙂 Me convertía en bimadre, en madre de dos. Mi vida volvía a cambiar otra vez.

¿Episiotomía? No hizo falta, aunque no me libré de los puntos. Bolita nació con la mano por delante y me causó un desgarro. En fin, hijo mío, esta te la guardo. Luego no te quejes cuando te caiga alguna colleja 😉

Mi segundo parto (II). ¡Que me pongan la epiduraaaaal!

Dolor parto y anestesia epidural

¡Que me pongan la epidural!

Tal y como os contaba en mi primer post Mi segundo parto (I). ¿Pero esto qué es lo que es?, acababa de romper aguas en casa y mi marido y yo habíamos decidido irnos al hospital. Así que en cuanto llegó mi madre para quedarse con Pegotito cogimos la bolsa (esta vez solo llevábamos un macuto, no como cuando nació ella, que parecía que nos íbamos de vacaciones) y tranquilamente nos dirigimos hacia el coche, yo con la esperanza de que en 3 horas el nuevo iba a asomar la cabeza. ¿Y si doy a luz en el coche? ¿Y si lo hago mientras entro en el hospital, en plan película? Inocente que es una…

31 de enero, 23:30 p.m.

A las 23:30 hicimos nuestra aparición en el mostrador de urgencias y tardaron nada y menos en abrirme la puerta de la sala de triaje.

“Hola, creo que he roto aguas

“¿Crees?”

“Sí, es que esta vez no ha sido en plan torrente acuático, como en mi anterior embarazo”

Y sí, había roto aguas, tal y como confirmaron unos minutos después. 😉

Tras hacerme la primera revisión decidieron monitorizarnos al bebé y a mí en una sala con otras dos parturientas que no paraban de gritar y me miraban con cara de envidia mientras yo descansaba plácidamente en una camilla. Ni rastro de contracciones, oiga. Como apenas había dilatado 3 cm, decidieron subirme a la habitación que sería la mía durante los 2 días siguientes y me recomendaron que descansara, porque quizá la cosa podía alargarse toda la noche.

¿Cómo? ¿Toda la noche? ¡Pero si es el segundo!

1 de febrero, 2 a.m.

Pues ala marido, a descansar, tú en el sofá y yo en la cama. No había terminado de pronunciar la frasecita cuando comenzó la fiesta… Contracciones cada 5-6 minutos que me hacían retorcerme y agarrarme a la pared como si quisiera echarla abajo.

¿Pero no decían que esto dolía menos con el segundo churumbel? ¡Me han engañado! ¡Que me devuelvan el dinero!

Tras una llamada de SOS a las enfermeras, me recomendaron que esperara a tenerlas cada 3-4 minutos y que si entonces no aguantaba más, que las llamara de nuevo. Y así, como pude, llegué a las 5 a.m., pidiendo casi a gritos que me pusieran la epidural. Esta vez no me lo iba a pensar, quería firmar la autorización y que el dolor desapareciera. Sentía que me iba a desmayar, de hecho quería desmayarme para no sentir más.

1 de febrero, 5:30 a.m.

Me bajaron al paritorio y allí, tras la revisión pertinente, me comunicaron que había dilatado la friolera de… 5 cm.

¿Cómo? ¿Solo 5 cm?

Y me entraron ganas de llorar, de hacerme el harakiri, de darme un sartenazo o qué sé yo. Pero en su lugar vino la anestesista y me puso la epidural. Y entonces, solo entonces, pudimos cerrar los ojos y descansar.

Continuará… 😉

Mi segundo parto (I). ¿Pero esto qué es lo que es?

Hace 2 meses nació Bolita, mi segundo hijo.

“Caray con esta mujer. A la primera la llaman Pegotito y al segundo Bolita”.

Pues sí, pero es que aquí mi amigo se hace una bolita cuando quiere dormirse y me encantaaaaaa 😉

Llevaba tiempo queriendo sentarme a contaros cómo fue el parto, para desmitificar eso de que “los segundos salen solos”. ¡Y una leche! ¡13 horas estuve yo penando, desde que rompí aguas hasta que Bolita asomó la cabeza! 13 horas que se me hicieron eternas pensando en cómo estaría Pegotito. Porque, amigas, el segundo hijo se convierte en un superviviente mientras tú intentas dedicar casi todo tu tiempo libre al mayor. Ay, Bolita, lo que te queda por aguantar… 😉

Sin más dilación…, comienzo el relato…

Me pasé la recta final del embarazo deseando con todas mis fuerzas que mi parto se desencadenara por rotura de bolsa y no por contracciones. He parido 2 veces y aún no me queda claro cuándo acudir al hospital: si cuando las notas cada 10, cada 5 o cada 17 minutos. ¡Por Dios, qué lío! Si te vas demasiado pronto te mandan a casa. Y si te esperas mucho te descuidas y te pones a empujar en el descansillo del portal. O en el coche. O vete tú a saber. El jaleo padre.

Lo que no me esperaba era romper la bolsa de la forma que aconteció, tan distinta de la explosión hidraúlica que había experimentado cuando Pegotito quiso venir al mundo, como os contaba en mi post “Mi parto (I) Un, dos, tres… ¡Splash!”

31 de enero, 22:30 p.m.

Pegotito dormía ya desde hacía un rato, habíamos cenado y se presentaba ante mis ojos una noche estupenda, en la que me tumbaría en el sofá a descansar y a ver otro capítulo de la serie que estábamos siguiendo en aquel momento, a saber, The Newsroom.

Así que después de lavarme los dientes me dirigía hacia el salón cuando de repente noté un dolor parecido a una contracción y a continuación empecé a sentir un riachuelo que me caía entre las piernas…

“Esto, marido, creo que me estoy haciendo pis en medio del pasillo”

Romper aguas y ponerte de parto

Esta fue la cara que se me quedó

¡Dios! ¿Cómo me podía estar pasando esto a mí? ¿Mearme, yoooo? ¡Menuda vergüenza!

Desde luego todo parecía indicar que mi vejiga se había vaciado en aquel preciso momento, si no fuera porque al dirigirme rauda y veloz hacia el baño, ese mini torrente que había parado de correr se reanudó, acompañado de unas mini hebras sanguinolentas y un no olor que me hizo sospechar que nos encontrábamos ante otra cosa.

“Ay, madre, que creo que he roto aguas”

Y así, mentando a mi madre por segunda vez aquella noche, la llamé por teléfono y le pedí que viniera a casa a estar con Pegotito, porque nosotros nos íbamos al hospital. Después de eso me puse a doblar ropa y a guardarla, con toda la tranquilidad que me permitía el momento, mientras buscaba algo que ponerme para no continuar empapando mi ropa interior. Mi hijo estaba en camino…

Continuará… 😉

Cuenta atrás…

Cuenta atrás final del embarazo

Llevo mucho tiempo desaparecida de este mundillo blogueril, sin leer demasiado y sin escribir nada. Han pasado taaantos días que nos hemos plantado en la semana 35 de embarazo casi sin enterarnos. La semana 35… La semana en la que Pegotito nació y que me ha hecho albergar miedos de todo tipo.

No hubiese pensado llegar hasta aquí cuando vi mi positivo allá por el mes de junio. Me daba terror quedarme embarazada y volver a pasar por un parto prematuro o mucho peor, gran prematuro. Aún no puedo lanzar las campanas al vuelo, claro está. Solo cruzo los dedos y deseo con todas mis fuerzas que mi bebé decida esperar al menos un par de semanas más para que el miedo a lo desconocido no se apodere de nosotros de nuevo.

El parto, ese gran momento crucial en la vida de casi todas las mujeres que desean ser madres, está cada noche presente en mis sueños. Porque esto ya no tiene vuelta atrás: mi segundo hijo solo tiene un camino por el que salir (al menos eso espero) y con Pegotito fue todo tan bien y tan rápido, tratándose de una madre primeriza (en 8 horas estaba todo acabado y sin necesidad de  cesárea), que me genera espanto el momento de romper aguas o sentir las contracciones y tener que marchar al hospital. Porque, para bien o para mal, cada parto es un mundo. Y en estos momentos lo temo, y mucho.

Otra cuestión que me genera casi el mayor nivel de angustia es el momento de separarme de mi hija. Aunque se quedará en buenas manos, en compañía de sus abuelitos (o sea, mis padres), el marcharme de casa sin saber cuándo volveré a verla, si dentro de unas horas, o de un par de días, me causa desazón y un punto de tristeza. Porque aunque ella me dice que no me preocupe porque irá a verme al hospital, no puedo pasar un día sin abrazarla, sin sentir sus besos, sin ver su sonrisa, sin notar su calor mientras pega su cuerpecito contra el mío al dormir.

¿Y si no quiero al nuevo igual? ¿Y si no experimento el amor profundo que siento hacia mi hija de la misma forma? ¿Qué ocurrirá si no me enamoro a primera vista otra vez en el paritorio de ese ser que llevo dentro de mí, tan desconocido aún?

¿Seré capaz de volver a sacar adelante a un ser indefenso? ¿Me vencerán las dudas? O por el contrario, ¿volveré a transformarme en el paritorio en una MADRE en una versión mejorada de mí misma?

Lo único que sé es que ya no hay marcha atrás. It’s the final countdown, que dirían los de Europe. Y haciendo de nuevo alusión a uno de los grandes, solo me queda decir que el show debe continuar… 😉

 

Mi parto, por papá de Pegotito

Hola a todas y todos.

Soy la otra parte contratante y hoy os voy a contar cómo fue mi experiencia en el parto de Pegotito.

Pero para hacerlo de una forma desenfadada, os lo cuento en verso.

 

Todo comenzó de forma inesperada un martes a las tres y media

cuando yo no esperaba nada.

Decíame por teléfono la inminente progenitora:

“¡Joder, ha llegado la hora!

Y, con la verdad por delante,

te digo que he inundado la tarima flotante”.

“¡Ay madre!”, respondí,

y sin tiempo que perder,

deje de funcionar al ralentí,

y decidí echar a correr.

Coreado por los vítores de mis compañeros de trabajo,

salí corriendo a destajo,

buscando un taxi inexistente,

y es que estando en España, los taxistas a esa hora comen o duermen prudentemente.

Y, sin más, salí pitando como alma que lleva el diablo,

uno o dos kilómetros, qué sé yo,

a mí se me hicieron como una maratón,

porque aunque esté de salud vigoroso,

un octubre caluroso,

y un plato de lentejas como un camión,

le dejan a uno poco rumboso,

restando capacidad de reacción.

Porque de todos es sabido que el cambio climático,

y las comidas copiosas,

son incompatibles con el ejercicio aeróbico,

y las carreras presurosas.

Cuando estaba a punto de echar por la boca los pulmones,

por fin vi un taxi al que paré con gritos y gesticulaciones.

“Tranquilo, tranquilo”, díjome el taxista, “¡que ya estás montado!”,

“¡Arreando para el hospital!, que mi novia ha roto aguas y menudo susto me ha dado!”.

“¡Que no cunda el pánico!,

que soy padre de dos churumbeles,

y para que no ocurra algo trágico,

en estos casos es importante no perder los papeles”.

Adelantando coches como en una videoconsola,

llamome la ya inminentísima progenitora,

con voz tranquila y diciendo alegremente:

“Estoy en la puerta, ¿voy entrando o te espero prudentemente?”

“Pues hombre, para evitar una escapada inesperada como en el tour,

quizá sea una buena opción entrar,

no sea que a la flauta le dé por sonar,

y la niña se crea que su padre es el de Prosegur”.

De allí directos al paritorio,

pasando por interminables pasillos,

llegamos a nuestro relativamente cómodo dormitorio,

mientras nuestra vida anterior se nos caía por los bolsillos.

Y cuando la casi mamá a lomos de una pelota de pilates cabalgaba

y la maquinita de las contracciones andaba mirando,

una señora en el paritorio contiguo gritaba,

con mirada de circunstancias nos decíamos: “¡Joder, qué mal lo está pasando!”.

Menos mal que un rato después, de un niño se oyó el llanto,

nos miramos otra vez y nos dijimos con alivio: “¡No fue pa´tanto!”

Así fueron pasando las horas, entre esfuerzos y sudores,

hasta que vimos asomar una cabecita,

y a continuación el resto de la pequeña cosita,

en medio de un montón de sonrisas y clamores.

Esa personita, con gesto de extrañeza,

como un chino de torero vestido,

buscando en ese raro mundo alguna certeza,

decía con la mirada: “¿A dónde coño he salido,

y sobre todo, por qué me pesa tanto la cabeza?”.

Y como un tsunami que puso nuestro mundo del revés,

y nos metió en benditos problemas,

empezamos a correr campo a través,

con las alforjas un poco más llenas,

porque al contrario de lo que dicen las matemáticas,

para algunos prácticas, para otros antipáticas,

uno más uno no son dos, sino tres.

Mi parto (III). Lo bueno, si breve…

A ver, retomemos… ¿Dónde nos habíamos quedado? ¡Ah, sí!  Eran las 21:30 h del 8 de octubre de 2013 y yo, tras horas de reflexión en la medida que me dejaron los dolores, pedí la epidural. Parecía que la cosa iba para largo y aún faltaba empujar para traer a mi hija al mundo, así que decidí que sí. Ya está, esa es mi decisión. Me la juego.

La anestesista no tardó mucho en venir, aunque ya era por la noche y creo que era la única en todo el hospital, según me dijeron. A mi chico le mandaron fuera, momento que aprovechó para ir a comer algo. Hínchate, tú que puedes, que yo daría mi reino por zamparme un entrecot con patatas. 😉

No me había imaginado el proceso así. Pensaba que te clavaban una aguja y ala, bye, bye, dolores. Pero la cosa fue un poco más larga, según lo recuerdo: primero un pinchazo para sedar la zona; luego la colocación del catéter (prohibido moverse durante este delicado proceso) y, por último, la administración de la analgesia. He de decir que mis clases de pilates me ayudaron mucho a la hora de meter el ombligo y tensar la espalda para facilitarle las cosas a la anestesista. La suerte estaba echada. ¡Que todo saliera bien, por favor!

¡Ay, chicas! Sobre las 22:00 h servidora dejó de sentir las contracciones en el lado izquierdo, pero la parte derecha de mi cuerpo se estremecía de dolor. ¡Joder! ¿Para esto me como yo la cabeza durante tantas horas? ¡No es posible! Acojonada, hice venir a la matrona y le pregunté, temerosa, si había algo que se pudiera hacer. Su respuesta hizo que viera la luz. Me giraron un poco hacia un lado y fue como si la epidural se extendiera por el resto del cuerpo. En unos minutos pude respirar aliviada. ¡Ufff!

Lo que ocurrió en las dos horas siguientes no sé si se debió a una conjunción planetaria, una disrupción espacio-temporal o que me bajó Dios a ver, pero pasé de los 3 centímetros de dilatación a los 9 en un abrir y cerrar de ojos. Cuando la matrona me hizo otro de los innumerables tactos vaginales a las 23 h y me dio la “buena noticia”, tal y como la denominó ella, no dábamos crédito. ¡Nuestra hija nacería muy pronto!

Me vienen a la mente imágenes de esos minutos de espera de espera. Recuerdo que escuchamos los gritos de una mujer,  en el paritorio de al lado. ¿Gritaría yo tanto como ella? 😉 Y después el llanto de un bebé.

A las 23:45 vino a verme una ginecóloga que, tras la exploración, me formuló la más maravillosa de las preguntas:

“¡Pero bueno! ¡El bebé está aquí ya! Mamá, ¿quieres parir a tu hija ya, en este momento?”

Tras mi “sí”, la sala comenzó a llenarse de gente. Supongo que porque se trataba de un parto prematuro y porque tenía un cierto enchufe en el hospital. 😉 Una decena de cabezas pendientes de mis bajos. ¡Y yo sin depilar!

El expulsivo no duró más de 15 minutos, en los que apreté con todas mis fuerzas, tosí hasta casi echar la primera papilla (lo de tener a una persona encima tuya apretando tu vientre es lo que tiene) y no grité lo que gritan las parturientas en las películas:

“¡Hijo de tu madre! ¡Por tu culpa!”

Solo chillé a lo Rafa Nadal cuando golpea la pelota, aunque prolongando el grito unos segundos más. 😉 Y entonces, episiotomía mediante (“Solo te he dado 3 puntos de nada”, que diría la cachonda de la matrona o ginecóloga, no recuerdo. Grrrr…), nuestra hija asomó la cabeza a las 00:02 h del 9 de octubre de 2013, bajo la atenta mirada del personal del hospital y de su padre. En el momento que siguió a ese instante, cuando me la pusieron piel con piel, sentí el amor en estado puro. ❤

– Es un pegotito, qué chiquitita.

– Sí, es nuestro Pegotito. El Pegotito más precioso del mundo.

Y de ahí su apodo. 😉

¡Ah! Sobre la música chachi que me había preparado y llevado al hospital para canturrear mientras dilataba, ni me acordé. Y yo que quería que Pegotito hubiera nacido a ritmo de “La del pirata cojo“. En fin, para el próximo, si lo hay. 😉

Lo que aconteció justo después me daría para otra serie de posts. Si estáis dispuestas a escucharlo, claro. 🙂

Mi parto (II). Respirando, que es gerundio

Respiración durante el parto

Retomo la serie de relatos sobre mi parto que comencé la semana pasada.

Como contaba en el primer post, acababa de llegar al hospital y me encontraba diciendo en recepción otra vez la frasecita de “Hola. He roto aguas“.

Enseguida me pasaron a triaje, o en otras palabras, la sala donde te evalúan rápidamente y te derivan a la sección correspondiente, en mi caso ginecología. Yo no tenía mucho más que añadir, así que me despacharon con bastante celeridad, no fuera a ser que pariera allí mismo. Pero antes esperé a mi chico, que llegó en cinco minutos.

Me condujeron a una sala donde me formularon la pregunta más absurda del mundo mundial: “¿Estás segura de que has roto aguas?” Lo que dije: ““.

Lo que debería haber dicho:

“Pero por favor, ¿no ves cómo llevo los pantalones, que me van a comenzar a desteñir? ¡Pero si mi casa parece el Titanic! ¿Cómo no voy a estar segura?”.

Claro que, las palabras de la ginecóloga no se quedaron ahí. Tenía el día sembrado la chica: “Sabes que la niña es pequeñita, ¿no?“. Lo que dije: “Sí”.

Lo que debería haber dicho:

“No, no tengo ni idea. La verdad es que he pasado del embarazo, no sé ni de qué semana estoy. Gracias por los ánimos. Gracias por acojonarme más de lo que estoy porque voy a parir a un bebé prematuro“.

Pero claro, una es primeriza y hay ciertas cosas que te callas porque sí, porque te pillan sin experiencia y no sabes qué responder. Si hay próxima vez, esto no me pasa. 😉

Una vez me realizaron el primer tacto vaginal (1 centímetro de dilatación), continuó echando perlitas por esa boca que Dios le ha dado: “La niña tiene una mano colocada por delante de la cabeza. Si no la mueve de ahí, tendremos que hacerte una cesárea“. La cesárea me la iba a hacer yo misma del estrés que me estaba entrando a causa de este espécimen. ¡Por favor, sáquenme de aquí!

Me llevaron a la que sería mi casa durante las diez horas siguientes: la sala de dilataciónparitorio. Mi chico y yo nos miramos y nos dijimos con la mirada algo así como “Ha llegado el momento. No saldremos de esta sala si no es con nuestra hija“. Sonaba fuerte, aunque no hubo palabras.

El lugar no era tan horrible como me lo había imaginado. Tenía mi pelota de pilates, baño, armarito para los bártulos, agua… Un hotelito cinco estrellas con una cama grande articulada. Hasta el típico reloj enfrente, en el que vería pasar las horas como si de una película se tratara. Que digo yo que por qué no pondrán una tele, aunque sea de las de echar monedas. Así todo sería más entretenido, ¿no?

Enseguida llegó la que sería mi primera matrona (hubo un cambio de guardia sobre las 21 o 22 h). Yo aún no sentía ninguna contracción. Esto es maravilloso, pensaba. ¿Será así todo el rato? ¡Ilusa de mí! Comenzó el juego de pinchar a la parturienta por todo el brazo y por las manos para cogerme una vía. Esto de tener las venas finas es bastante desagradable. Ya me veía ahí, mareada, agonizando, ¡pero no! Mi aversión a la sangre y los pinchazos desaparecieron. Si ya digo yo que el parto ha cambiado mi vida… 😉

Acto seguido me enchufaron la oxitocina para acelerar un poco el proceso. Supongo que para que la peque naciera antes de las 12 horas de la rotura de bolsa y minimizar el riesgo de infecciones. O porque tenían prisa, no sé. ¿Por qué en esos momentos no se me ocurre preguntar? ¡Ah, sí! Porque era primeriza y estaba acojonadísima. Así que…, a tomar por saco mi Plan de Parto, que llevaba de la mano desde que entré al hospital.  Me debían de llamar “la loca del Plan de Parto”. Solo me faltaba pegármelo en la frente. ¿Para eso me paso dos semanas rellenándolo?

En un rato supe lo que era una contracción. Y comencé comenzamos a respirar y soplar como posesos. Mi chico, el maestro de ceremonias de la respiración, me dirigía como si fuera el director de una orquesta. Parecíamos un cuadro: yo botando en la pelota de pilates y él agitando los brazos para marcar el ritmo y masajeando mi espalda cuando el dolor se agudizaba. Mi frase mantra era “¡Dime cuando comienzan a remitir!” Yo no sé vosotras, pero mi monitor de contracciones parecía que iba a explotar: 70, 80, 90, 100, 120… La intensidad no paraba de subir.

La dilatación iba muy, muy lenta. ¡Ay, madre, que esto acaba en cesárea!, me decía a mí misma. A las 6 de la tarde tenía apenas 2 centímetros de dilatación. Siempre me he preguntado cómo calculan estas cosas. ¿Miden con una regla? 😉 Menos mal que por lo menos había comido bien. Porque una es de buen comer y le preocupan esas cosas. Y, además, no sabría cuándo iba a poder llenar de nuevo el estómago. Gajes del oficio. 😉

En un momento dado la matrona me preguntó si iba a querer la epidural un poco más adelante, para ir avisando al anestesista. Yo no sabía qué hacer. De momento iba aguantando bien el dolor. Pero claro, no sabía si esto iría a más o no. Y, por otro lado, también estaba el binomio tiempo-cansancio: a medida que las horas pasaban el agotamiento se iba haciendo más evidente. Y necesitaba llegar al expulsivo con todas las fuerzas del mundo. Así que…, tras escuchar los posibles efectos secundarios de la analgesia, one more time, y de preguntarle cientos de veces a la matrona “¿Esto suele ir bien, verdad?”, sobre las 9 y media de la noche, y con 3 centímetros de dilatación, me encomendé a Santa Epidural y crucé los dedos para que todo saliera bien.

¿Y salió? La respuesta tendrá que esperar… 😉

Continuará…