12 cosas que he dejado de hacer desde que soy madre

Ser madre

Ser madre es genial. Despertarte cada mañana y ver a tu hija de pie en la cuna, sonriéndote y diciendo “mamá” es casi una experiencia religiosa, que diría Enrique Iglesias.

Pero no os negaré que, en ocasiones, echo de menos mi vida anterior. Y no solo por entrar y salir cuando me diera la gana, no preocuparme a veces por lo que comer o cenar o viajar a lugares lejanos con todas mis pertenencias en una mochila, sino por las pequeñas cosas, que cantaba Serrat. Hoy estoy muy cancionera, ¡qué le voy a hacer! 😉

Boli en mano y en unas hojas arrancadas de un cuaderno cualquiera, he confeccionado un listado de…

12 cosas que he dejado de hacer desde que soy madre

Maquillarme. Un poco de sombra aquí y sombra allá, labios pintados y poco más. Nunca fui de raya en el ojo ni de base de maquillaje. Ahora es casi inviable. Si estoy sola con Pegotito, ni me lo planteo. En 5 minutos me podría poner la casa patas arriba. O lo que es peor, subirse al sofá y tirarse de cabeza o meterse en la lavadora. Y si está su papá en casa, siempre soy la última en prepararme y nunca me queda tiempo. Me acabo pintando los morros rápidamente en el ascensor o mirando mi reflejo en el móvil en la calle. En fin…

Planchar. Esta es una de las cosas que mola dejar de hacerla, sinceramente. No es que antes planchara mucho, solo lo indispensable. Y, por supuesto, nada de quitar las arrugas a sábanas, toallas o manteles. Pero ahora, puedo tirarme meses sin enchufar la plancha. Básicamente solo la enciendo cuando hay que planchar algún vestido de Pegotito que lo necesita de veras. Si no, si sacudiendo bien la ropa al tenderla, no de dejándola días colgada al sol y doblándola correctamente, no hay que planchar ni las camisetas. Y si no, ¿no dicen que la arruga es bella? ¡Pues eso!

Ir al baño todos los días. Si es que hay días que una no puede disponer de sus 5 minutos de soledad para ir al baño. Vas a entrar y tienes que salir escopetada porque predices que Pegotito se va a dar un golpe de campeonato si se sigue subiendo encima del cojín. O te dispones a sentarte en el wc y aparece la susodicha diciendo “hola” y aproximándose peligrosamente al bidé para encharcar el suelo. Total, que llegan las 11 de la noche, después de ducharte, y ya se te han quitado hasta las ganas. Alguien me debería haber dicho que ser madre no es bueno para el tránsito intestinal… 😉

Hacer pis sola. Ya lo hago con público, que se parte de risa cuando le digo: “mamá va a hacer pis”. ¡Adiós intimidad!

Depilarme con frecuencia. ¡Con lo que era yo antes! Cada mes tenía mi cita para ir a hacerme la cera. Y ahora…, me apaño en casa, como puedo y cuando puedo. Ir a depilarme es una fiesta para mí. Si es que…, ¡soy feliz con cualquier cosa! 🙂

Llevar el pelo suelto. No sé qué tiene mi pelo, pero a Pegotito le vuelve loca. Tanto que cuando mama se entretiene dándome tirones. Y cuando se quiere dormir, tiene que tocarme el pelo para conciliar el sueño. Al final acabo con una contractura de cuello de pelotas. Así que coleta ya correr. Claro que, ni aún así me libro de los tirones. 😉

Echarme la siesta. Para mí, el mayor de los placeres. Siesta en la cama, con la persiana bajada y en pijama. Me encantan las siestas en las que duermes tanto y tan plácidamente que se te cae la baba (literalmente). Ahora me la echo de higos a brevas, y casi siempre en fin de semana. Entre semana aprovecho las siestas de Pegotito para recoger la cocina y los restos de comida esparcidos por el suelo y hacer cosas en el ordenador.

Irme a la cama pronto si estoy cansada. Para muchos una obviedad. Pues para mí no. Porque en cuanto Pegotito se duerme, comienza mi tiempo libre, por llamarlo de alguna forma: hay que ducharse, recoger el caos en el que se ha convertido la casa, sentarnos un ratito en el sofá, bloguear y al final me dan las tantas.

Comprarme ropa. Nunca encuentro un hueco para escaparme yo sola. Porque ir con Pegotito a un centro comercial es horrible. Lo único que hacemos es correr detrás de ella para evitar que se estampe contra cualquier cosa. Misión imposible.

Echarme crema hidratante en las piernas. Nunca pensé que lo echaría tanto de menos. Pero claro, se acabaron esas largas duchas y tirarte media hora en el baño echándote crema o masajeando tu cuero cabelludo. Si el últio bote que compré hace meses debe estar más seco que la mojama…

Leer un libro. Esto sí lo echo de menos de verdad. Me encanta leer, pero no saco tiempo. Siempre hay algo que hacer que me impide disfrutar de mi ratito de soledad cuando Pegotito duerme.

Ver la tele más de media hora seguida. No, ver los dibujos animados del Clan o del Disney Channel no vale. 😉

¿Y aún así merece la pena esto de ser madre? Sí, sin duda. 🙂 Porque algún día echaré de menos el caos en que se ha convertido mi vida. Y desearé volver a estos momentos en los que alcanzo la felicidad con solo una sonrisa de mi hija.