Visitando Las Médulas (III)

No podía cerrar esta serie de posts sobre nuestra luna de miel en Las Médulas (si te has perdido los dos primeros, los tienes aquí y aquí) sin hablar del lugar en el que nos hospedamos durante esa estupenda semana. Porque, sin duda, tiene parte de culpa (y mucha) de lo bien que lo pasamos.:)

El destino quiso que encontráramos el Complejo Rural Agoga de casualidad, buscando información sobre Las Médulas y lugares donde dormir. Y de nuevo la providencia nos dio la oportunidad de alojarnos en la Casa Rural Agoga que, afortunadamente, no era el apartamento del citado complejo que habíamos previsto en un principio. A veces las cosas pasan por algo. 😉

Casa Rural Agoga Las Médulas

Esta fue la casa donde nos quedamos. Increíble, ¿verdad? Fuente: http://www.ruralagoga.com/

Al principio no me gustó nada la idea de estar rodeada de pavos, gallinas y gallos (soy ornitofóbica), lo reconozco. A Pegotito, en cambio, le volvía loca salir a la puerta de la calle e ir a saludarlos, además de a los perros, los faisanes y los peces. Pero, poco a poco, me fui acostumbrando. Aunque eso sí, pasaba rauda y veloz por los aledaños cuando andaban pululando, por si las moscas. 😉

Casa Rura Agoga Las Médulas

Gallo y gallinas en el Complejo Rural Agoga

Pedro y Fina, los responsables de toda esta maravilla, nos recibieron con los brazos abiertos, a pesar de los duros momentos que tuvieron que vivir esos días de septiembre. “Pico de oro”, como llamaban a Pegotito, no paraba de saludarles siempre que les veía, regalándonos momentos preciosos a la luz de las estrellas. Son de esas personas que escasean en el mundo. 😉

Restaurante Casa Rural Agoga Las Médulas

Sin duda, comer en la terraza del restaurante del complejo es una experiencia increíble. ¡Y deliciosa! 🙂

Allí encontré la paz que llevaba tanto tiempo buscando. Aislados de todo y de todos, a los pies de unas montañas con ecos del pasado y rodeada de animales, me sentía una niña pasando los meses de verano en un pueblo al que ya poco volveré, por circunstancias puñeteras de la vida. 😦

Por eso, cuando llegó el día de la despedida y ya en el coche nos incorporamos a la A6, kilómetro 400, dirección Madrid, dejando atrás esas carreteras que me alejaban de Las Médulas, los ojos se me llenaron de lágrimas. Y recordé esa sensación que tienes cuando te alejas de algo o alguien a quien quieres y no sabes cuándo volverás a ver.

Hasta pronto, Médulas…