¿¿Peerdoonaaa?? De mentiras y chantajes

Sé que Alma de mami esbozará una sonrisilla de felicidad cuando vea el título de mi post. Y es que, por si no conocéis la iniciativa  ¿¿Peerdoonaaa??, os diré que fue idea de la mamá de Pichí que, harta de tener que escuchar ciertos comentarios memorables por parte de amigos y conocidos en relación a su forma de crianza, decidió comenzar a desahogarse con su comunidad blogueril. Porque, ¿quién no ha sentido ganas de decir eso de ¿¿Peerdoonaaa?? en determinadas situaciones? Desde luego, es lo menos grosero que se me ocurre, ¿o no? 😉

El caso es que ya estaba tardando yo en contribuir a la causa, con la sarta de tontunas que se escuchan cada día en cuanto te conviertes en madre. Y hoy me lanzo, aunque los sucesos a los que haré referencia se remontan a un par de semanas atrás. Pero es lo que tiene la indignación, que dura y dura, como las pilas Duracell. 😉

Os pongo en situación…

Lugar: mi casa.

Acontecimiento: merienda informal con familiares.

Fecha: no la recuerdo exactamente, pero era Navidad. Lo sé porque nuestro árbol estaba perfectamente colocado.

El suceso aconteció tal y como sigue…

Aprovechando la coyuntura y el tumulto que puede haber en un pequeño salón con siete personas, dos de ellas de dos años de edad, Pegotito se dirige hacia el árbol de Navidad y comienza a intentar quitar varias bolas, mientras me mira por el rabillo del ojo:

– Pegotito, ya sabes que no puedes tocar las bolas del árbol porque, si no, se pone triste.

Y, de repente, una voz acompañada de una cara del tipo “qué-pena-me-da-lo-que-acabas-de-decir-me-pareces-la-peor-madre-del-mundo”, me espeta en riguroso directo y delante de todo el mundo:

– ¿Sabes? No me gusta mentir a mi hija. No me parece bien. ¿Por qué no le explicas que no puede tocar las bolas porque el árbol se puede caer? ¿Qué opinas?

A continuación siguió un silencio sepulcral…

¿¿Perdonaaa? Comentarios sobre crianza

¿¿Peerdoonaaa??

Esto…, ¿qué? ¿Ein? ¿Me hablas a mí? Ay, amiga, con lo bien que nos llevamos, no me toques las narices…

Y pasado ese silencio, que aproveché para recomponerme, esgrimí mis razones:

1. Pegotito es un torbellino, como cualquier otra niña de 2 años. Lo toca todo, desafía los límites y, por eso, pasa completamente de todo lo que le digo. De hecho, si le explico que el árbol puede caerse por tocarle las bolas, seguramente quiera experimentar la situación. Y, sencillamente, no quiero que se le caiga encima. Además, en esta casa nos tomamos muy en serio la inteligencia emocional y los sentimientos van a misa.

2. Sí, la miento, si quieres denominar así a las pequeñas mentirijillas que le suelto de vez en cuando para que su existencia sea un poquito más feliz. ¿O no vino Papá Noel a tu casa a traer juguetes a tu hija? 😉

3. También la chantajeo. ¡Uuuuuuhhh, soy una mala madre! Le digo que si no merienda no vamos a la calle o que si quiere cenar tiene que ayudarnos a poner la mesa. Y no creo que le esté causando un trauma.

4. Y, por supuesto, chillo, grito y hasta me tiro al suelo y pataleo. Porque mi paciencia tiene un límite y las rabietas me superan. Sí, las madres somos humanas. 😉

Después del encontronazo, la relación con mi cuñada (lo confieso), no se ha visto para nada resentida, aunque me suelte estas perlitas. Quizá en algún momento a mí se me haya escapado algo con alguna persona, no lo sé. Pero de lo que sí estoy segura es de que me cuido, y mucho, de expresar mi opinión delante de una madre, a no ser que me la pida. Porque la forma en la que crías a un hijo es personal e intransferible. ¿O no?

Venga, ¿os animáis a contar vuestros ¿¿Peerdoonaaa?? A mí me ha encantado, así que repetiré. 😉