Crónica de un retiro anunciado

Lo veía venir, me lo pedía el cuerpo. ¿Cómo seguir si no tenía tiempo ni para mí misma?

Necesitaba parar una temporada, fluir, hacer lo que de verdad me apeteciera. Y así ha sido cómo he estado desaparecida del mundo blogueril durante estas 4 últimas semanas, aprovechando para echarme la siesta los fines de semana junto a mi pequeña saltamontes o ver series por las noches con mi santo esposo (estamos súper enganchados a Sons of Anarchy).

Me ha venido bien, lo reconozco. Pero también echo de menos escribir, leeros y comentar. Por eso no he podido resistir la tentación y…

He vuelto. Terminator. Descanso blog

Pero eso sí, mis apariciones estelares se dilatarán en el tiempo. Porque qué queréis que os diga, a mí la siesta me puede, y mucho. Y en ocasiones hay que elegir, máxime cuando tus ratos de asueto se reducen a la mínima expresión. Porque soy de esas mujeres y madres incapaces de sacar una hora al día para ellas mismas. En fin, no soy perfecta. 😉

Estaré por aquí, aunque quizás un poco más en la penumbra. Si me necesitáis, tan solo silbadme y ya voy. 🙂

Con cariño,

Diario de una mami

Conciliación, ese cuento chino que nos creímos.

Concilia13F. Diario de una mami

Porque los niños son el futuro de este país.

Porque no es justo que te obliguen a elegir entre tu hijo o tu carrera profesional.

Porque no quiero responder a ciertas preguntas en una entrevista de trabajo.

Porque quedarse embarazada no debería ser un motivo de despido o de malas miradas en la oficina.

Porque no deberíamos ocultar nuestro embarazo para evitar ser relegadas a un segundo plano.

Porque además de ser mujer y madre, soy una profesional en lo mío.

Porque si yo estoy aquí es gracias a mi madre, que me cuidó todo lo bien que supo hacerlo.

Porque mi padre trabajaba 15 horas al día para poder comer.

Porque quiero recoger a mi hija del colegio.

Y sentarme a hacer los deberes con ella.

Porque quiero cuidarla los días que esté malita.

Porque quiero que la palabra conciliar adquiera un nuevo significado.

Porque revindicar no es quejarse. O sí. Qué más da.

Porque si Pegotito no existiera, yo tampoco.

#Concilia13F 

Club de MalasMadres

Superando mis miedos. Confesiones de una madre ornitofóbica

Solo conozco a tres personas que, como yo, tienen miedo a los pájaros: Kiko Rivera, la sobrina de una buena amiga mía y una chica que conocí hace siete años en un curso de Photoshop.

Ya no me siento un bicho raro. Ahora puedo decir sin tapujos que tengo ornitofobia, como el hijo de la Pantoja, cuando sucede alguno de estos acontecimientos, reales como la vida misma.

  • Veo una bandada de palomas que se abalanzan contra un trozo de pan cual zombis en The Walking Dead y tengo que ponerme a salvo a unos 200 metros.
  • Se me aproxima un pajarillo, en apariencia inofensivo, cuando estoy en algún parque, y comienzo a huir sigilosamente, para no despertar sospechas.
  • Me persigue un pavo porque voy comiendo pipas y tengo que echar a correr como alma que lleva el diablo.
  • Una gaviota se interpone en mi camino tratando de proteger a su cría, desplegando sus alas de una forma amenazante, mientras veo mi vida pasar como en una película (las gaviotas de las Islas Cíes tienen muy mala leche).

Entonces no te gustará la peli de Los pájaros, ¿no? ¡Jaja!

Ornitofobia

Pues no, mira. Hasta las narices estoy de esa cancioncilla. Porque sea un miedo poco convencional, no significa que sea menos que los otros. Yo no me descojono cuando alguien va y me dice que tiene fobia a las arañas o a los espacios cerrados. Sé lo mal que se pasa y lo incomprendido que te sientes.

Pero claro, ahora soy madre y eso lo cambia todo. Tengo que empezar a superar mis miedos, aunque sea solo un poco.

Porque a Pegotito le chiflan las palomas y cualquier otro ave que nos encontramos por la calle. Eso sí, yo trato de esquivarlos como puedo y le digo que es mejor verlos de lejos. Que corra el aire. Lo malo es cuando quiere pasar entre una bandada para espantarlas. Entonces cierro los ojos, me santiguo y allá que voy. ¡Jerónimoooo!

¿Y qué me decís de El pollo Pepe? Tiene narices la cosa que el best seller infantil por antonomasia trate de un pollo (un insulso pollo, todo hay que decirlo. Que encima la traducción al español ni rima ni ná de ná). Y encima el día que decido comprárselo a Pegotito (porque si no parece que voy a causarle un trauma), viene con un muñeco de un pollo. ¡Aggg!

El pollo pepe. Diario de una mami.

Edición especial, con el pollo y todo.

En cuanto a las gaviotas, veremos cómo nos las apañamos este verano. Porque esos bichos son muy, muy grandes. Y aunque vaya haciendo mis progresos, aún me queda camino por recorrer.

Está claro que ser madre te cambia la vida. Porque lo que no hagamos por nuestros hijos… 😉

12 cosas que he dejado de hacer desde que soy madre

Ser madre

Ser madre es genial. Despertarte cada mañana y ver a tu hija de pie en la cuna, sonriéndote y diciendo “mamá” es casi una experiencia religiosa, que diría Enrique Iglesias.

Pero no os negaré que, en ocasiones, echo de menos mi vida anterior. Y no solo por entrar y salir cuando me diera la gana, no preocuparme a veces por lo que comer o cenar o viajar a lugares lejanos con todas mis pertenencias en una mochila, sino por las pequeñas cosas, que cantaba Serrat. Hoy estoy muy cancionera, ¡qué le voy a hacer! 😉

Boli en mano y en unas hojas arrancadas de un cuaderno cualquiera, he confeccionado un listado de…

12 cosas que he dejado de hacer desde que soy madre

Maquillarme. Un poco de sombra aquí y sombra allá, labios pintados y poco más. Nunca fui de raya en el ojo ni de base de maquillaje. Ahora es casi inviable. Si estoy sola con Pegotito, ni me lo planteo. En 5 minutos me podría poner la casa patas arriba. O lo que es peor, subirse al sofá y tirarse de cabeza o meterse en la lavadora. Y si está su papá en casa, siempre soy la última en prepararme y nunca me queda tiempo. Me acabo pintando los morros rápidamente en el ascensor o mirando mi reflejo en el móvil en la calle. En fin…

Planchar. Esta es una de las cosas que mola dejar de hacerla, sinceramente. No es que antes planchara mucho, solo lo indispensable. Y, por supuesto, nada de quitar las arrugas a sábanas, toallas o manteles. Pero ahora, puedo tirarme meses sin enchufar la plancha. Básicamente solo la enciendo cuando hay que planchar algún vestido de Pegotito que lo necesita de veras. Si no, si sacudiendo bien la ropa al tenderla, no de dejándola días colgada al sol y doblándola correctamente, no hay que planchar ni las camisetas. Y si no, ¿no dicen que la arruga es bella? ¡Pues eso!

Ir al baño todos los días. Si es que hay días que una no puede disponer de sus 5 minutos de soledad para ir al baño. Vas a entrar y tienes que salir escopetada porque predices que Pegotito se va a dar un golpe de campeonato si se sigue subiendo encima del cojín. O te dispones a sentarte en el wc y aparece la susodicha diciendo “hola” y aproximándose peligrosamente al bidé para encharcar el suelo. Total, que llegan las 11 de la noche, después de ducharte, y ya se te han quitado hasta las ganas. Alguien me debería haber dicho que ser madre no es bueno para el tránsito intestinal… 😉

Hacer pis sola. Ya lo hago con público, que se parte de risa cuando le digo: “mamá va a hacer pis”. ¡Adiós intimidad!

Depilarme con frecuencia. ¡Con lo que era yo antes! Cada mes tenía mi cita para ir a hacerme la cera. Y ahora…, me apaño en casa, como puedo y cuando puedo. Ir a depilarme es una fiesta para mí. Si es que…, ¡soy feliz con cualquier cosa! 🙂

Llevar el pelo suelto. No sé qué tiene mi pelo, pero a Pegotito le vuelve loca. Tanto que cuando mama se entretiene dándome tirones. Y cuando se quiere dormir, tiene que tocarme el pelo para conciliar el sueño. Al final acabo con una contractura de cuello de pelotas. Así que coleta ya correr. Claro que, ni aún así me libro de los tirones. 😉

Echarme la siesta. Para mí, el mayor de los placeres. Siesta en la cama, con la persiana bajada y en pijama. Me encantan las siestas en las que duermes tanto y tan plácidamente que se te cae la baba (literalmente). Ahora me la echo de higos a brevas, y casi siempre en fin de semana. Entre semana aprovecho las siestas de Pegotito para recoger la cocina y los restos de comida esparcidos por el suelo y hacer cosas en el ordenador.

Irme a la cama pronto si estoy cansada. Para muchos una obviedad. Pues para mí no. Porque en cuanto Pegotito se duerme, comienza mi tiempo libre, por llamarlo de alguna forma: hay que ducharse, recoger el caos en el que se ha convertido la casa, sentarnos un ratito en el sofá, bloguear y al final me dan las tantas.

Comprarme ropa. Nunca encuentro un hueco para escaparme yo sola. Porque ir con Pegotito a un centro comercial es horrible. Lo único que hacemos es correr detrás de ella para evitar que se estampe contra cualquier cosa. Misión imposible.

Echarme crema hidratante en las piernas. Nunca pensé que lo echaría tanto de menos. Pero claro, se acabaron esas largas duchas y tirarte media hora en el baño echándote crema o masajeando tu cuero cabelludo. Si el últio bote que compré hace meses debe estar más seco que la mojama…

Leer un libro. Esto sí lo echo de menos de verdad. Me encanta leer, pero no saco tiempo. Siempre hay algo que hacer que me impide disfrutar de mi ratito de soledad cuando Pegotito duerme.

Ver la tele más de media hora seguida. No, ver los dibujos animados del Clan o del Disney Channel no vale. 😉

¿Y aún así merece la pena esto de ser madre? Sí, sin duda. 🙂 Porque algún día echaré de menos el caos en que se ha convertido mi vida. Y desearé volver a estos momentos en los que alcanzo la felicidad con solo una sonrisa de mi hija.

Lo que no nos contaron de esto de ser madres

Falta de tiempo cuando eres madre

Hoy no tenía que escribir post. Hasta el martes no me tocaba, y ya tenía pensado de lo que iba a hablar: nuestra escapada de Semana Santa. Pero, lo que son las cosas, necesito desahogarme y ver que me entendéis, así que aquí estoy dándole a la tecla, en vivo y en directo. Esta vez ni borradores ni posts programados.

Creo que hay cosas que nadie nos cuenta cuando estamos embarazadas o asistimos a las clases de preparación al parto por si nos arrepentimos. 😉 Nos hablan del parto, valga la redundancia, que, sinceramente, es el mejor de los males. Pasas un rato un tanto…, cómo diría yo…, desagradable, incómodo, doloroso (¡bendita epidural!), pero con sus tintes de bonito y maravilloso, y fuera. Olvidas lo malo en el momento en el que te ponen a tu criatura encima y sientes que todo ha merecido la pena.

Y entonces comienza el posparto, puerperio o como quieran llamarlo, que no sé exactamente lo que dicen que dura, pero tengo la sensación de que aún estoy en él, aunque ya han pasado casi 18 meses. Porque aunque las secuelas físicas ya se han borrado, continúan otras mucho más fuertes.

En ese preciso instante en el que nació mi hija, se me añadió un rol más a mi lista: mujer, hija, hermana, amante, amiga. Con el nuevo rol de madre, se fueron sumando tareas, cientos de tareas. Hasta tal punto que en muchas ocasiones has de relegar las tareas de tus otros roles a un segundo plano, lo que causa frustración en otras personas y una sensación en ti misma de no llegar a todo.

Porque a veces en tu escala de “cosas que hacer” en una hora y media, que es el tiempo que calculas que tu hija va a aguantar durmiendo la siesta, le das más prioridad a una cosa determinada, en un momento determinado. Eliges concederte un rato para ti, para adecentarte un poco y que tu rol de mujer, que es el que tengo más abandonado, no vaya mermando.

Y yo me pregunto: ¿cómo encontrar ese punto exacto en el que nuestros roles convivan de forma armoniosa, sabiendo que el día solo tiene 24 horas? ¿Alguna ha encontrado la fórmula de la cuadratura del círculo? 😉