Sonrisas y lágrimas

Vuelta al cole

Septiembre huele a cuadernos, a estuches, a pinturas, a mochila. Tiene ese olor a colecciones de objetos sorprendentes e insospechados que te dicen que las vacaciones se acabaron y que toca volver a la rutina.

Sobre todo este año, en el que Pegotito acaba de estrenarse en el mundo escolar, con más pena que gloria, todo hay que decirlo.

Porque de nada nos ha servido ir preparando el comienzo del cole desde hace varios meses con libros al respecto, yendo a comprar su mochila, su cojín e incluso tramando con unos amigos para que fueran ellos los que le regalaran el vaso para beber en su aula. Tampoco que fuera a la guardería, por más que sea un mantra repetido hasta la saciedad por algunas mentes privilegiadas.  O que te diga mirándote a los ojos:

“Hoy no voy a llorar, mamá”

El colegio es otra cosa. A los ojos de un niño de menos de 3 años, se trata de un lugar grande y desconocido en el que por muchos juguetes que haya, les falta lo más importante: una cara amiga. Y por más que les digas que volverás a buscarles en un rato muy, muy pequeño, sus lágrimas les impedirán entenderte y se aferrarán tanto a tus piernas que te darán ganas de salir corriendo llevándotelos en brazos. Porque las despedidas siempre son duras. Y más para una pequeña personita que no entiende eso de la importancia de recibir una buena educación.

Hoy una buena amiga, la del vaso, compartió en un grupo de WhatsApp un enlace a un post del gran Carles Capdevila titulado La hora del adiós. Solo os diré que, si estáis inmersas en pleno período de adaptación, agarréis un par de pañuelos y os desahoguéis hasta que llegue la hora de recoger a vuestros peques con una gran sonrisa en la cara. 😉

¿Cómo llevaron vuestros hijos la adaptación al cole?

 

 

 

Adiós, guardería, adiós

Adiós guardería

El pasado viernes fue el último día de guardería de Pegotito. De este curso y de su vida. Porque en septiembre empezará el colegio y ya no volverá a ese lugar que yo consideraba el peor lugar del mundo cuando tuve que empezar a dejarla con 5 meses. ¿Y sabéis qué? Que me da pena, mucha pena…

Porque ya no volverá a ver a sus amiguitos, aquellos de los que me contaba cosas cada día. Cada uno irá a un colegio y, aunque todos vivimos por el mismo barrio, será complicado encontrarnos. Y cuando lo hagamos, el paso del tiempo quizá vaya borrando las caras de su memoria.

Porque tampoco me cantará las canciones que le enseñaron sus profes, aunque ahora lo haga sin parar con una sonrisa dibujada en su rostro.

Porque aquellas personas que en un primer momento consideraba extrañas me fueron infundiendo confianza y me demostraron que podían darle amor a Pegotito cuando su madre no podía estar con ella.

Porque no es posible que se hayan pasado casi 3 años sin darme cuenta.

Ahora sé que no nos equivocamos al elegir aquella guardería. No nos importó que las instalaciones no fueran muy modernas o que no tuviera patio. Lo que de verdad primó, y volvería a primar por encima de cualquier cosa, si volvemos a necesitar un centro de educación infantil, es el respeto a nuestras decisiones que nos transmitieron sus educadoras y el trato amable y cariñoso con el que han recibido a nuestra hija cada día.

Comienza ahora una nueva etapa para todos, con sus cosas buenas y sus cosas menos buenas. Pero, sin duda, un nuevo camino que recorrer juntos… Después del verano 😉

Aprovecho para desearos unas estupendas vacaciones en familia. Yo, por mi parte, intentaré que así sean. 🙂

 

 

 

Bye, bye, siesta

Siesta

La siesta: uno de los mayores placeres de la vida…, para casi todo ser viviente 😉

Si tuviera que decir cuál es el, para mí, el mayor placer de la vida diría, sin el menor atisbo de duda, la siesta. Echarme la siesta es lo mejor del fin de semana, para qué mentir. Además, no puedo controlarlo. Después de comer me entra tal estupor y tal malestar que poco más y me caigo redonda al suelo.

Así que estoy jodida, hablando en plata. Porque desde hace una semana Pegotito, con sus casi 3 primaveras, ha decidido que pasa de dormir la siesta. Como lo oís. Lo ha declarado manifiestamente con frases del estilo:

Hoy no voy a dormir

No quiero dormir

No voy a echarme la siesta

Y actos como saltar en la cama, bajarse, comenzar a correr por toda la casa y otras variantes típicas de haberse tomado un café doble con cinco azucarillos. ¡Por Dios, no puede quedarse quieta pintando! ¡Que pinte las paredes, pero en silencio!

Y yo que pensaba que se trataba de un estado de enajenación transitoria derivado del hecho de estar con los abuelos entre semana, el pasado finde lo sufrí en mis propias carnes, confirmando mis sospechas.

Claro que, disponemos de un arma súper potente, destinada a casos extremos. Y sí, llamadme mala madre, pero benditos dibujos animados. Que viva el Clan, el Boing (con su programación casi en exclusiva dedicada a Doraemón) y el Disney Channel. Porque si conseguimos que se tumbe en el sofá mirando atentamente la pantalla, cae ipso facto. Cualquier día pruebo con el Tour y continúo las tradiciones familiares: la de siestas que me habré cascado viendo como sufría Indurain subiendo el Tourmalet. 😉

Porque qué queréis que os diga: con casi cuarenta grados en Madrid, donde mejor se está una tarde de sábado, entre las 15 y las 17 horas, es babeando la almohada. ¿O no? 😉

Y vuestros hijos, ¿se siguen echando la siesta? ¿A qué edad abandonaron el bendito hábito? 😉

 

Los imprescindibles para la “Operación Pañal”

Elementos imprescindibles para la operación pañal

Soy una persona impulsiva. Me muevo por señales, por intuición, por corazonadas, en la mayoría de los aspectos de mi vida. Si siento que debo hacer algo lo hago y punto.

Así me ocurrió un día del pasado mes de febrero, en el que ante la atónita mirada del papá de Pegotito, le dije: “Ha llegado el momento de quitarle el pañal. Está preparada”.

Y pusimos en marcha el operativo, que pasó por proveernos de 5 cosas imprescindibles:

Paciencia en grandes dosis

Amigas, amigos, si vais a comenzar a retirar el pañal a vuestros hijos o estáis inmersos en plena operación y andáis buscando información por Internet como locos (todos lo hemos hecho, lo confieso), lo primero de todo es que, ante un escape (de aguas menores o mayores) os evadáis y penséis que estáis en medio de una playa del Caribe en la que nada importa. Eso os dará fuerzas para no gritar y esbozar una sonrisa de oreja a oreja cuando sea la quinta vez que cogéis la fregona en un día o contempléis la montaña de ropa sucia que se acumula en el cesto de la lavadora. Para que luego digan que los padres no somos polifacéticos, si sabemos hasta de arte dramático. 😉

Porque, aunque tu cuñada o tu mejor amiga te digan que tienen unos prodigios de hijos que ni se mearon ni se cagaron encima ni una vez (cosa que pongo en duda), lo cierto es que los accidentes ocurren. Porque, a veces, la mejor forma de aprender es conocer cuáles son las consecuencias. 😉

Comprensión

Por norma general el pañal se suele quitar en torno a los 2 años, meses arriba, meses abajo, en función del ritmo de cada pequeñín. Eso significa que un niño ha estado haciendo sus necesidades durante unos 730 días a su libre albedrío: en cualquier postura, situación y lugar. Y ahora, de buenas a primeras, pretendemos que lo haga cuando y donde nosotros queramos. Sí, amigas, con ese pensamiento ya os digo que se masca la tragedia… 😉

Ropa de cambio a mansalva

Es igual la fecha que elijas para librarte del pañal (en mi opinión de madre, no de experta en psicología infantil, debe ser el niño el que decida, bien porque lo pida o porque dé muestras suficientes de independencia y autonomía). Si no quieres estar lavando todos los días, tendrás que hacer acopio de tanta ropa interior y pantalones como quepan en tus cajones (pareado al canto). 😉 Súmale también un par de zapatillas de estar en casa y de zapatos de recambio, porque quizá los necesites.

Orinal o reductor de wc

Compra los 2, porque si solo tienes una cosa, seguro que quiere la otra (tanta prisa en hacernos con un orinal, como os contaba hace tiempo en mi post Los 3 usos (alternativos) de un orinal y al final ha acabado en una bolsa en el trastero). La Ley de Murphy en toda regla. Lo más cómodo, sin duda, el reductor de wc. Así todo lo que sale cae dentro y se va a golpe de cisterna.

Tapones para los oídos

Deberían ir incluidos en las canastillas que nos entrega la matrona o en las que nos encontramos en la habitación de los hospitales al dar a luz. Ni cremas, ni chupetes. Lo mejor, lo más práctico, unos tapones para los oídos. Para no escuchar la sarta de estupideces y comentarios que llegará a tus orejas tras cada decisión que tomas a lo largo de tu maternidad, incluida la operación retirada del pañal, del tipo:

– ¡Pero hombre! ¡Si el pañal se quita en verano!

– ¿Y si se moja la criatura? ¡No la cambiarás en plena calle!

– ¿Se lo habéis quitado de golpe? ¡Qué barbaridad!

¿Qué os parece mi listado de imprescindibles para la operación pañal? ¿Qué más añadiríais?

 

 

 

 

 

¿Elegir colegio?

Elegir colegio

Sé que es un tópico de los grandes pero… ¡Qué rápido pasa el tiempo! Tanto, que no puedo creer que hace nada estuviera cogiendo a Pegotito en brazos por primera vez, tan pequeña y tan frágil, y hoy estemos preparando los papeles para solicitar plaza en el que será su cole durante los próximos 12 años.

Somos una de esas familias de clase media que, como cada primavera, se enfrenta a una de las decisiones más importantes que influirán en la vida de su hijo: la elección del colegio. Y he de confesar que siento algo parecido al miedo, miedo a lo desconocido. Porque no sé si estaremos eligiendo bien, porque temo que a lo largo de su etapa escolar se encuentre con sujetos impresentables que dejen una huella imborrable en su personalidad, porque no quiero que le transmitan ideas contrarias a lo que tratamos de inculcarle en casa. Porque crece, porque ya no es un bebé.

Y sobretodo siento miedo porque, tras mucho ir y venir, visitar colegios en sus llamadas jornadas de puertas abiertas, que yo denomino “en horarios no aptos para padres trabajadores fuera de casa” e informarnos sobre modelos educativos, instalaciones, ventajas o no de lo que se ha dado en llamar bilingüismo aquí en Madrid y un largo etcétera, nuestra decisión no será tenida en cuenta. Mi hija terminará yendo al colegio que le asigne una comisión en función de una puntuación que no nos beneficia lo más mínimo: no tiene más hermanos dentro del centro (ni fuera), ni contamos con una minusvalía y no nos falta que comer a diario, afortunadamente. Eso, unido a que la oferta y la demanda casi nunca van de la mano (hay pocos coles para muchos niños), al final todos elegimos los mismos  y el empate se resuelve por un estricto sorteo que, como los penaltis, son injustos para unos y hacen tocar el cielo a otros.

¿Tendremos suerte y entraremos en uno de los 3 colegios de nuestra lista? ¿O deberemos resignarnos a llevar cada día a Pegotito a un centro que no nos gusta, lejos de casa y con un método, unos valores o unas circunstancias que se alejan mucho de las que queremos que imperen en su educación?

En fin, queridas familias, alea jacta est, como dijo una vez Julio César al pasar el Rubicon, la suerte está echada. Que la Fuerza nos acompañe. 😉

¿Cómo lleváis la eleccción de cole? ¿Muchos candidatos? ¿Está complicado que os asignen el que queréis o no suele haber problema?

Operación “paso a su habitación y dormir en su cama” (II)

Colecho

(Nota: no sé por qué extraña razón WordPress no me deja añadir la url de la fuente de la imagen como pie de imagen, así que aquí va: http://bit.ly/1QE1LdV)

Lo hicimos. En las pasadas Navidades decidimos tirarnos a la piscina y emprender la operación “descolecho“. Y, aunque mis augurios eran bastante nefastos, tal y como os conté en mi post Operación “paso a su habitación y dormir en su cama”, a veces la realidad supera a la ficción y he de confesar que no fue nada mal.

Nuestras armas: libros, estrellas pegadas en el techo, una luz pequeñita (quitamiedos la llaman) y nada de llantos. A la mínima expresión de tristeza, al más pequeño atisbo de pucheros a la hora de dormir, servidora cogía a su pequeño saltamontes y emprendía el camino a la alcoba familiar. Hasta que un buen día, Pegotito se quedó sopa en cuestión de minutos, tras leerle su cuento favorito y apagar la luz. Y aunque hice un ruido espantoso pisando con la rodilla la tabla de la tarima que más suena de toda su habitación (¡maldición! ¡Lo de arrastrarme por el suelo me va a salir caro!), ni se inmutó. Así que mamá pudo respirar tranquila después de haber contenido la respiración durante quince largos segundos. ¡Yeah! 😉

Pero…, ¿¡qué sería del ser humano si no tropezara dos veces con la misma piedra!? 😉 Porque lo cierto es que, a día de hoy, puedo prometer y prometo que hemos vuelto a colechar los 3 en nuestra pequeña cama de 1,35…

WTF!

¿Cómoooorrr?

¿Pero esta mujer se ha vuelto loca?

¡Caray con la crianza con apego!

¡Menudo martitio!

¡Qué hippismos, por Dios!

 

Sí, sí, llamadme loca, hippie o lo que queráis. Pero yo estoy más feliz que una perdiz. 😉

Porque soy madre, pero es que también soy la “elegida” para acompañar a mi chicoleta hasta que se queda dormida. Y puedo aseguraros que en ocasiones tarda hasta 45 minutos en entregarse a los brazos de Morfeo: 45 minutazos que he de estar sentada en el suelo, con mi culo pegado a la tarima y a punto de caerme de extenuación (es lo que tiene levantarse a las 6 de la mañana, que a las 9:30 de la noche ya no te quedan ganas de nada). Por no hablar de que lo de jugar a ser un ninja y salir de puntillas de la habitación o arrastrarme cual marine en sesión de entrenamiento cuando presiento que se ha quedado dormida es divertido la primera vez. A la tercera ocasión que abre el ojo te dan ganas de hacerte el harakiri ahí mismo.

Así que, qué queréis que os diga… Viva el colecho, el bendito colecho. Porque me asegura que en diez minutos mi peque está sopa. Y, si hay suerte y he dejado todo preparado para el día siguiente, puede que incluso ya no me levante de la cama hasta que el despertador suene, como un resorte, puntual a las 6 a.m.  😉

De cómo se lo toma mi santo esposo y el miedo que tiene a que llegue el verano, que pronostican que será una sucesión de olas de calor, como el año pasado (¡horror!), hablaremos otro día…

¿Vuestros peques se duermen solos o necesitan que estéis con ellos hasta que cierran los ojillos?

Equipación básica para matronatación

En octubre, cuando Pegotito cumplió 2 años, decidimos que queríamos apuntarla a matronatación. Íbamos con algo de retraso, lo sé. Sobre todo porque es una práctica que recomiendan iniciar en torno a los 6 meses. Pero, sinceramente, se nos hacía harto complicado compaginar los horarios de la piscina con sus siestas (matutinas y vespertinas) y meriendas, así que lo fuimos retrasando. Hasta que nos lanzamos, literalmente, a la piscina. 😉

Por edad debería haber comenzado lo que se denomina “pre-escuela”. Pero como no había tenido mayor contacto con el agua más que en la bañera, sumado a los días de playa y piscina del verano (más de los primeros que de los segundos, puesto que sabéis que “No soy mujer de piscina”), dejaron que comenzara matronatación y que su papá se metiese con ella en el agua. Y, además, a mí me parecía muy pequeña todavía para dejarla sola en la piscina, en manos de un desconocido. Así que mi frase: “¡Ah, entonces nada! Ya buscaremos otra piscina…”, debió de convencerles de lo contrario. 😉

Como la cosa fue de un día para otro, tuvimos que buscar el equipamiento necesario para la nueva actividad, pues menos bañador y albornoz, no teníamos nada más. Así que nos fuimos a una de mis tiendas preferidas, que han contribuido a popularizar el deporte y hacerlo mucho más asequible… ¡Decathlon!

Por eso hoy hablaré de… ¡Tacháaaaaaaan!

Equipación básica para matronatación

1. Bañador

En nuestro caso, como os contaba, bañadores ya teníamos. En concreto 2, pero al final siempre usa el mismo: lo lavo todas las semanas y para la siguiente ya lo tiene listo para las zambullidas. Y una cosa que nos ahorramos, oye. 😉

2. Pañales de agua

Pañales de agua para bebés para matronatación

Fuente: Decathlon.es

¿Y dónde compro yo ahora pañales de agua, en pleno mes de octubre, sin desplazarme hasta una gran superficie?, me dije a mí misma. Porque si decides apuntar a tu hijo a matronatación en pleno mes de junio, los supermercados están llenos de estas moderneces, pero si no…

Claro que, me puse como unas castañuelas cuando los vi en la estantería de Decathlon. 😉 Paquete de 12 por 6,95€. Quizás los encuentres más baratos, no digo que no.

Consejo: no se lo pongas en casa. El pis se sale… :O Mejor en el vestuario, unos minutos antes de meterse en el agua. ¿Significa eso que la piscina está llena de orina de niños? Sí, literalmente. Estos pañales están concebidos para que los mojones no comiencen a flotar en el agua, rollo patitos de goma. Todo lo demás aflora al exterior. 😉

3. Albornoz o toalla

Para un niño de 2 años, que camina y corre sin dificultad, considero mucho más práctico un albornoz. Así puede moverse a sus anchas desde que sale de la piscina hasta que llega al vestuario.

Pegotito heredó el de una prima suya, que en 2 semanas ha dejado de valerle. ¡Menudo estirón! 😉 Así que, aunque Decathlon nos gusta mucho, no queremos picar y venir a casa con más cosas de las necesarias. Esta vez iremos a alguna tienda del barrio.

4. Gorro de natación

Gorro de bebé para matronatación

Fuente: Decathlon

En azul para niños, en rosa para niñas. Ya estamos… ¿No habrá más variedad de colores? 😉

Pero eso sí: un gorro de natación fácil de poner, lavable en lavadora y de esos que no tiran del pelo. Todo esto por un más que módico precio: 2.46€.

5. Calcetines antideslizantes para la piscina

Calcetines antideslizantes de bebé para matronatación

Fuente: Decathlon.es

Perfectos para proteger los pies de los más pequeños y evitar resbalones, tanto dentro como fuera del agua. Me ha quedado una frase de lo más comercial, ¿a qué sí?

Además, estos calcetines para la piscina se ponen y se quitan perfectamente y se pueden meter en la lavadora. ¡Un 10!  Y por 12,95€, que fue lo que creo que nos costaron.

FIN. Este es nuestro equipamiento básico para matronatación. A partir de aquí puedes gastarte lo que quieras y tu economía te permita.

Y ahora la pregunta del millón: ¿a ella le gustan las clases de matronatación? ¡Sí! ¡Le encantan! Se le ilumina la cara cuando le decimos que “hoy es el día de ir a la piscina”. Disfruta tanto en el agua que se podría decir que casi nada sola, con la ayuda de un corcho que le colocan en la espalda para que no se hunda. Es una pasada ver cómo mueve las piernas y los brazos y te sonríe desde dentro de la piscina. Además, comparte tiempo con su papá, y a mí me gusta que se diviertan juntos (vaaaale, también me da pereza depilarme y meterme en la piscina, por eso va él). ¿Se nota que se me cae la baba cuando toca exhibición? Pues sí, se me cae. 🙂

¿Y vosotras? ¿Lleváis a vuestros peques a matronatación o natación, a secas? ¿Les gusta?

P.D. Este no es un post patrocinado. Decathlon no me ha pagado (ni me va a pagar, es la pena) nada por incluir 3 enlaces a su web.

Primer cumpleaños del blog

Primer cumpleaños del blog Diario de una mami

Hace un año decidí crear un blog. Así, sin más. Era lectora de otros blogs (de maternidad y de fotografía) desde hacía tiempo y me apetecía tener el mío propio para contar mis pequeñas aventuras del día a día, mis miedos, mis dudas… Tener un poco de vida social, aunque sea virtualmente. Porque la mía se ha reducido a la mínima expresión, dicho sea de paso. Y desahogarme, sobre todo desahogarme. Necesitaba un lugar donde expresarme, protestar si llegaba el caso, sentirme comprendida. Y lo encontré.

Me metí en WordPress, me registré, pensé un nombre, estuve dos días eligiendo plantilla, colores y otros temas de diseño y publiqué mi primera entrada: “Comienzos“. Así inicié mi aventura blogueril.

Al principio no me leía nadie, ni mi propia madre que, por cierto, no sabe que aireo mis trapillos sucios en Internet. Siempre ha dicho que tengo madera de escritora, desde que ganaba premios literarios en el cole.

Claro que, no he podido mantenerlo tan en secreto con otras personas. Una noche de esas en las que corrí hacia el ordenador cuando pensaba que todos dormían y de repente apareció mi chico (actual marido) con cara de “¿Qué secreto escondes ahí?”, confesé mi vicio. Esto…, llevo unos meses escribiendo en un blog, mío. 😉

Con amigas muy, muy, cercanas tampoco he tenido reparos en contarles mi secretillo. Sé que ellas me apoyan incansablemente. ¡Gracias!

Y ya está. Fin. Me gusta que sea así. De esta forma tengo más libertad para hablar.

Un día tuve mi primera seguidora. ¡Caracoles, alguien me leía! ¡A mí! Y cuando me dejaron el primer comentario, casi me vuelvo loca. ¡Parece que mis cosas interesan!

A partir de ahí comencé a interactuar mucho más con los blogs a los que seguía. Porque tener un blog no significa únicamente escribir y ala, a esperar visitas y comentarios. Implica leer mucho, comentar más y hacer ver a los demás que de verdad te interesan sus posts. Y San Google hace el resto. 😉

Por no hablar de la publicación en redes sociales, las mejoras en cuanto a diseño, la optimización para buscadores… ¡Esto es un no parar!

Y requiere muuucho tiempo. 😉 Al principio le dedicaba un ratito todas las noches, llegando incluso a escribir hasta 3 entradas semanales. Ahora mi vida no me permite seguir el ritmo y he de conformarme con un post semanal y da gracias. Pero leer, sigo leyendo, no con tanta frecuencia, claro está. Se me acumula el trabajo, pero no decaigo. 😉

El blog me ha permitido conocer a personas estupendas. Algunas en carne y hueso. A otras solo virtualmente. Pero ambas me han arrancado una sonrisa, una mirada de complicidad dirigida hacia la pantalla del ordenador o del móvil. Y lágrimas, porque también he tenido que leer noticias horribles que, como madre, nunca estás preparada para escuchar.

A todas vosotras, que seguís mis aventuras y desventuras, que os tomáis la molestia de leer mis parrafadas, de dejarme un comentario agradable, de otorgarme premios que suben la moral, de escribirme vía email…, gracias. Gracias por formar parte de mi pequeño rinconcito.

Y, aprovechando la coyuntura, porque igual ya no nos vemos hasta el año que viene…

¡Felices Fiestas! 😉

 

 

Operación “paso a su habitación y dormir en su cama”

En verano comenzamos a hablar seriamente de pasar a Pegotito a su habitación. Mi marido (¡qué raro se me hace llamarle así!) lo había ido dejando caer desde hacía algunos meses y yo le daba largas argumentando que dormíamos de maravilla los 3 en nuestra habitación (Pegotito en su cuna), que para qué quería fastidiarlo, que mejor esperábamos hasta después del verano, cuando Pegotito cumpliera los 2 años, bla, bla, bla… Además, la que se iba a comer el marrón era yo, que soy su objeto de apego, parece ser. Y no me apetecía ponerme manos a la obra.

Así que comenzamos a mirar camas, para ir adelantando tarea. A mí me encantaban las camas infantiles de Ikea, las pequeñitas, mientras que a él, mucho más práctico que aquí la menda, le tiraban más las normales, las de toda la vida. ¿Adivináis cuál decidimos comprar finalmente? 😉 Si es que, tiran más dos tetas… XD XD

No, fuera de bromas, valoramos pros y contras de ambas opciones, teniendo en cuenta que la habitación de Pegotito es chiquitita, como ella, y al final nos decidimos por la preciosidad de la cama Kritter de Ikea, más conocida como “la de las ovejitas”. Además, a ella también le gustó cuando la llevamos como conejillo de indias a que probara todas las camas de la tienda. 😉

Cama infantil KRITTER de Ikea

No me digáis que no es molona. 🙂

Pros de las camas infantiles de Ikea

  • Se adapta perfectamente al hueco disponible en la habitación de Pegotito, de reducidas dimensiones. Una cama de 1.80 o 1.90 de largo nos comería demasiado espacio, lo que también ocurre con las extensibles de Ikea.
  • Los niños pueden bajar y subir a su antojo. Que tienen sueño, p’arriba. Que se despiertan por la noche y quieren bajar, p’abajo. Y no tienen amagos suicidas de tirarse.
  • Es bajita, con lo cual el castañazo en caso de caerse es menor.
  • Es una cucada.

Contras de las camas infantiles de Ikea

  • En un futuro habrá que cambiarla. Aunque, vete tú a saber lo que ocurre en un futuro. Igual nos toca la Loteria de Navidad y nos vamos a vivir a un pueblecito donde cultivemos nuestra propia comida, a una casa enorme con jardín. 😉 O nos da por aumentar la familia y tenemos que cambiarnos de habitación para que los dos peques compartan espacio. O qué sé yo… El futuro es taaan incierto…
  • El colchón, el protector del mismo y las sábanas bajeras tienes que adquirirlas en Ikea, ya que el tamaño de la cama no es el convencional, sino 70×160 cm. Tampoco es para tanto. 😉 Nosotros nos decantamos por el mejor colchón para este tipo de camas, uno de látex, y el resto es baratito. Eso sí, edredones adaptados a esa medida no hay. Os vale con uno estándard. Y si queréis sábanas encimeras, podéis comprarlas de cama de 90 y remeter. Tampoco vamos a ponernos tan exquisitos. 😉

A fecha de hoy, diciembre de 2015, aún no nos hemos metido de lleno con la operación “paso a su habitación“. Y lo que es más, según mi santo esposo, hemos ido hacia atrás, como los cangrejos: ahora colechamos los 3 en una cama de 1.35 cm, como cuando era un bebé.

Porque, desde hace un tiempo, Pegotito no quiere dormir en su cuna. Profiere unos chillidos espantosos cuando voy a meterla y me dice “mamá, quiero dormir a cama gande”.

En lo que respecta a la cama chiquitita, como la denomina ella, de nada me han servido las fundas nórdicas chachi-guays que compré, con hadas una y flores de colores la otra. Y me temo que tampoco harán su función las 1000 (sí, habéis leído bien) estrellas luminosas para pegar en el techo o la luz quitamiedos con forma de luna. Es tumbarla y tumbarme con ella (ay, madre, un día me cargo la cama) mientras le explico que tiene que dormir ahí porque ya es una chica grande y comenzar a hacer unos pucheros que se transforman en un llanto irrefrenable en un par de segundos.

Porque con mamá y papá se duerme mejor, le doy la razón. 🙂 Y a mí me gusta. Me encanta que se pegue a mí y me dé calorcito, sentir su respiración y que se despierte y me abrace. Pero qué queréis que os diga, a veces, en mitad de la noche, sus piernas y brazos se descontrolan y… ¡Sálvese quien pueda!

Nos hemos puesto como tope las Navidades para comenzar a intentarlo. Sinceramente, la operación está abocada al fracaso. No es cuestión de ser o no ser pesimista. Pegotito está en una fase de apego excesivo hacia mí y sé que no quiere separarse.

Y a mí me da pena, en parte. Porque ya no es un bebé, sino una niña de 2 años. Porque pienso que se irá a su habitación por su propio pie, cuando esté preparada, sin prisas y sin disgustos. Y porque la tendré lejos, a uno o dos metros de distancia, quizá menos, quizá más, se me da fatal calcular estas cosas.

Os mantendré informadas de cómo se van desarrollando los acontecimientos. ¿Alguna recomendación?

 

 

 

 

Érase una niña a una pierna pegada

Rabietas

Pensaba que a medida que pasara el tiempo, dejaríamos atrás los momentos “solo quiero estar en los brazos de mamá“. Pero parece que estemos viviendo un flash back en toda regla, tipo Regreso al futuro.

A sus casi dos años Pegotito, con todos los momentos de independencia y autonomía que tiene, en (muchas) ocasiones solo quiere que yo la coja. Y cuando digo yo significa yo: ni padre, ni abuelo, ni abuela, ni Mickey Mouse si se presentara aquí.

Me encanta tenerla en brazos y esos momentos de amor que me profesa, pero a veces no puedo, sencillamente eso. No puedo atender a sus súplicas cuando tengo que preparar la comida para las dos. O cuando he de cortar la sandía. O si necesito darme una ducha porque hemos pasado una noche toledana por el calor y si salgo a la calle voy a dejar seca la hierba de los jardines. Tampoco si acabamos de comprar en la frutería y llevo dos bolsas, una en cada mano. Así que me persigue agarrada a mi pierna allá donde voy, montándome unos pollos de campeonato donde le pilla, que una no sabe si salir corriendo al hospital porque le pasa algo gravísimo o hacer las maletas y huir a Siberia, Alaska o la Patagonia. Cualquier lugar lejano con frío me serviría para alejarme de las rabietas.

Hace un rato, sin ir más lejos, me disponía a sentarla en su trona después de preparar la comida y aguantar su correspondiente berrinche tratando de no inmutarme. Tras diez minutos de intentos logré doblarle las piernas y sentarla, pero el estado de sofoco era tal, que se me estaban atragantando los macarrones.

¿Qué hacer  en esos casos? ¿Seguir comiendo como si nada y asistir inmutable al espectáculo sin que pruebe un solo bocado, con el riesgo de que vomite a causa del llanto? ¿Cogerla y reforzar su conducta? Pues la he cogido, sin más. La he sentado sobre mis rodillas y hemos comido las dos tan panchas, sonriéndonos y jugando a quitarnos la comida.

Quizá ahora me necesite más, no lo sé. Puede que a sus casi dos años sienta que se aproximan muchos cambios, que es más mayor y necesite que esté más cerca de ella para acompañarla. Puede ser que solo quiera llamar mi atención en los momentos en los que miro hacia otro lado. ¿Y cómo negarme a eso? Sencillamente, no puedo.

¿Os ha pasado también a vosotras con vuestros hijos? ¿O voy preparando las maletas? 😉