Un buen comedor, ¿nace o se hace?

Buenos y malos comedores. Compartir la mesa con los niños

¡Ajá, la pregunta del millón! Yo la verdad es que no tengo ni idea, nos os vayáis a creer. De toda la vida de Dios he escuchado eso de “mi hijo es mal comedor” o “mi hijo es buen comedor” sin preocuparme mucho. Máxime cuando uno de los mayores placeres de la vida para mí es, sin lugar a dudas, comer. De hecho no concibo cómo a alguien puede no gustarle saborear los alimentos, sentir cómo explotan en el paladar los más variopintos sabores, quedarse lleno y, después, si la suerte te sonríe, echarte el siestón padre (esos que cuando eres madre apenas catas ya).

La verdad es que hemos tenido la suerte de que Pegotito nos haya salido “buena comedora”, como se dice en el acervo popular. Y sí, digo suerte, porque ella no es que coma, es que devora, desde unas judías verdes hasta un plato de sopa, pasando por un filete de pollo empanado, lenguados, lentejas o un bocata de jamón. Come de todo lo que caiga en su plato o lo que pesque del de los demás.

No me imagino tener un hijo de esos que se tiran 2 horas con la comida encima de la mesa, que hasta deben salirle estalactitas, jugueteando con los guisantes y con cara de haba mientras yo le digo “come, come, come, come…”. Pero la verdad es que haberlos, haylos, ¿o no?

No sé yo si lo de nuestra hija viene de herencia (tanto su padre como yo somos de buen comer) o es que somos unos padres ejemplares y modélicos (seguro que no, jaja) que le hemos inculcado eso de que la comida está buena, sea lo que sea, y que es la gasolina del cuerpo (esto me lo tuve que inventar hace unos días, cuando fuimos a echar gasofa al coche y me preguntó que por qué), pero yo creo que influye, y mucho, lo que ellos ven en casa.

¿Y qué hemos hecho y hacemos en casa para que Pegotito coma bien?

1. Adaptarnos a sus horarios y compartir la mesa

En la vida pensaba yo que llegaría a comer entre semana a las 13:30 (cuando era más pequeña incluso las 13) y cenar a las 20 (horario de invierno) o 21 (horario de verano). En mi familia se comía a las 15 y se cenaba a las 22. Pero con Pegotito nos hemos adaptado  a un horario de lo más europeo para compartir la mesa con ella. Así podía ver lo que comíamos, probar los alimentos del plato de mamá y percibir la hora de la comida o cena como lo más normal del mundo.

De hecho, cuando vamos a comer a casa de los abuelos, he conseguido que acepten las 14:30 como hora buena, para así hacerlo todos juntos. Y como Pegotito ya tiene 3 añazos, ella consigue su propio avituallamiento (consistente básicamente en jamón, queso y pan) para aguantar hasta entonces.

2. Nada de menús especiales

Cuando comenzó a comer sólido, en casa todos comíamos lo mismo. Nada de menús especiales para ella. Si tocaba comer brócoli comía brócoli; si era Nochebuena, cochinillo, jamón y almejas. ¿Por qué sustituir una deliciosa cena de Navidad por arroz y salchichas para los niños? (eso lo vieron mis ojitos en casa de mi familia política. Casi me caigo redonda al suelo. Obviamente, saqué mis garras de leona y me opuse).

3. Ni de prepararle otra cosa por si lo que hay no le gusta

Obviamente, sé que hay cosas que no le gustan. Y en esos casos, solo en esos casos, contemplo la posibilidad de prepararle algo alternativo o cocinarlo de otra forma (ya os conté nuestras aventuras con los garbanzos en mi post “Aversión condicionada al sabor”). Pero por decreto, naranjas de la China. 😉

¿Y si no quiere lo que hay encima de la mesa, aunque le guste, porque prefiere otra cosa? Pues que no coma. Soy de las que piensan que si no tiene hambre para comerse el filete, tampoco le queda hueco para las frambuesas… Ya le entrará la gusa más tarde y podrá compensar.

No sé cómo nos saldrá el otro, el que está a puntito de nacer. Solo sé que repetiremos la forma de hacer las cosas, porque es la única que conocemos y nos ha ido bien hasta ahora. Eso sí, seguro que se nos rebela y nos dice que la verdura y nuestros truquitos nos los comamos nosotros. 😉

¿Qué tal comen vuestros hijos?

 

Cuenta atrás…

Cuenta atrás final del embarazo

Llevo mucho tiempo desaparecida de este mundillo blogueril, sin leer demasiado y sin escribir nada. Han pasado taaantos días que nos hemos plantado en la semana 35 de embarazo casi sin enterarnos. La semana 35… La semana en la que Pegotito nació y que me ha hecho albergar miedos de todo tipo.

No hubiese pensado llegar hasta aquí cuando vi mi positivo allá por el mes de junio. Me daba terror quedarme embarazada y volver a pasar por un parto prematuro o mucho peor, gran prematuro. Aún no puedo lanzar las campanas al vuelo, claro está. Solo cruzo los dedos y deseo con todas mis fuerzas que mi bebé decida esperar al menos un par de semanas más para que el miedo a lo desconocido no se apodere de nosotros de nuevo.

El parto, ese gran momento crucial en la vida de casi todas las mujeres que desean ser madres, está cada noche presente en mis sueños. Porque esto ya no tiene vuelta atrás: mi segundo hijo solo tiene un camino por el que salir (al menos eso espero) y con Pegotito fue todo tan bien y tan rápido, tratándose de una madre primeriza (en 8 horas estaba todo acabado y sin necesidad de  cesárea), que me genera espanto el momento de romper aguas o sentir las contracciones y tener que marchar al hospital. Porque, para bien o para mal, cada parto es un mundo. Y en estos momentos lo temo, y mucho.

Otra cuestión que me genera casi el mayor nivel de angustia es el momento de separarme de mi hija. Aunque se quedará en buenas manos, en compañía de sus abuelitos (o sea, mis padres), el marcharme de casa sin saber cuándo volveré a verla, si dentro de unas horas, o de un par de días, me causa desazón y un punto de tristeza. Porque aunque ella me dice que no me preocupe porque irá a verme al hospital, no puedo pasar un día sin abrazarla, sin sentir sus besos, sin ver su sonrisa, sin notar su calor mientras pega su cuerpecito contra el mío al dormir.

¿Y si no quiero al nuevo igual? ¿Y si no experimento el amor profundo que siento hacia mi hija de la misma forma? ¿Qué ocurrirá si no me enamoro a primera vista otra vez en el paritorio de ese ser que llevo dentro de mí, tan desconocido aún?

¿Seré capaz de volver a sacar adelante a un ser indefenso? ¿Me vencerán las dudas? O por el contrario, ¿volveré a transformarme en el paritorio en una MADRE en una versión mejorada de mí misma?

Lo único que sé es que ya no hay marcha atrás. It’s the final countdown, que dirían los de Europe. Y haciendo de nuevo alusión a uno de los grandes, solo me queda decir que el show debe continuar… 😉