Adiós, guardería, adiós

Adiós guardería

El pasado viernes fue el último día de guardería de Pegotito. De este curso y de su vida. Porque en septiembre empezará el colegio y ya no volverá a ese lugar que yo consideraba el peor lugar del mundo cuando tuve que empezar a dejarla con 5 meses. ¿Y sabéis qué? Que me da pena, mucha pena…

Porque ya no volverá a ver a sus amiguitos, aquellos de los que me contaba cosas cada día. Cada uno irá a un colegio y, aunque todos vivimos por el mismo barrio, será complicado encontrarnos. Y cuando lo hagamos, el paso del tiempo quizá vaya borrando las caras de su memoria.

Porque tampoco me cantará las canciones que le enseñaron sus profes, aunque ahora lo haga sin parar con una sonrisa dibujada en su rostro.

Porque aquellas personas que en un primer momento consideraba extrañas me fueron infundiendo confianza y me demostraron que podían darle amor a Pegotito cuando su madre no podía estar con ella.

Porque no es posible que se hayan pasado casi 3 años sin darme cuenta.

Ahora sé que no nos equivocamos al elegir aquella guardería. No nos importó que las instalaciones no fueran muy modernas o que no tuviera patio. Lo que de verdad primó, y volvería a primar por encima de cualquier cosa, si volvemos a necesitar un centro de educación infantil, es el respeto a nuestras decisiones que nos transmitieron sus educadoras y el trato amable y cariñoso con el que han recibido a nuestra hija cada día.

Comienza ahora una nueva etapa para todos, con sus cosas buenas y sus cosas menos buenas. Pero, sin duda, un nuevo camino que recorrer juntos… Después del verano 😉

Aprovecho para desearos unas estupendas vacaciones en familia. Yo, por mi parte, intentaré que así sean. 🙂

 

 

 

Bye, bye, siesta

Siesta

La siesta: uno de los mayores placeres de la vida…, para casi todo ser viviente 😉

Si tuviera que decir cuál es el, para mí, el mayor placer de la vida diría, sin el menor atisbo de duda, la siesta. Echarme la siesta es lo mejor del fin de semana, para qué mentir. Además, no puedo controlarlo. Después de comer me entra tal estupor y tal malestar que poco más y me caigo redonda al suelo.

Así que estoy jodida, hablando en plata. Porque desde hace una semana Pegotito, con sus casi 3 primaveras, ha decidido que pasa de dormir la siesta. Como lo oís. Lo ha declarado manifiestamente con frases del estilo:

Hoy no voy a dormir

No quiero dormir

No voy a echarme la siesta

Y actos como saltar en la cama, bajarse, comenzar a correr por toda la casa y otras variantes típicas de haberse tomado un café doble con cinco azucarillos. ¡Por Dios, no puede quedarse quieta pintando! ¡Que pinte las paredes, pero en silencio!

Y yo que pensaba que se trataba de un estado de enajenación transitoria derivado del hecho de estar con los abuelos entre semana, el pasado finde lo sufrí en mis propias carnes, confirmando mis sospechas.

Claro que, disponemos de un arma súper potente, destinada a casos extremos. Y sí, llamadme mala madre, pero benditos dibujos animados. Que viva el Clan, el Boing (con su programación casi en exclusiva dedicada a Doraemón) y el Disney Channel. Porque si conseguimos que se tumbe en el sofá mirando atentamente la pantalla, cae ipso facto. Cualquier día pruebo con el Tour y continúo las tradiciones familiares: la de siestas que me habré cascado viendo como sufría Indurain subiendo el Tourmalet. 😉

Porque qué queréis que os diga: con casi cuarenta grados en Madrid, donde mejor se está una tarde de sábado, entre las 15 y las 17 horas, es babeando la almohada. ¿O no? 😉

Y vuestros hijos, ¿se siguen echando la siesta? ¿A qué edad abandonaron el bendito hábito? 😉