No soy mujer de piscina

Todos los años igual. Llega el odioso, horrible, pegajoso, asqueroso (¿sigo?) calor y comienzan las invitaciones piscineras:

– A ver si quedamos algún día. ¿Os venís a la piscina?

– Venid a la piscina cuando queráis, ¿eh? (no, si el problema es que nunca quiero)

– ¿Por qué no os pasáis una tarde por nuestra piscina?

– Podíais venir un día a la piscina. ¡Se está genial!

Iría, claro que iría, si no fuera por un pequeño detalle…

¡No me gustan las piscinas!

No me gustan las piscinas

Ahora que Pegotito está en el mundo, me machacan hasta la enésima potencia:

– ¿Por qué no la lleváis a la piscina?

– Podíais venir una tarde, sobre las 5. En nuestra urbanización hay piscina de niños y se lo pasan genial. Da el solecito (¿cómorrrrr? ¿Ponerme bajo el sol de la Toscana, digo Madrid, un mes de julio a las 5 de la tarde?).

– ¡Dile a tu madre que te lleve a la piscina! (esto se lo espetó un ser que no conocemos de nada a Pegotito un día por la calle).

– Es que no le das verano a la niña… (frases que llegan al alma y la acuchillan. Como si el verano fuera sinónimo de piscina y de nada más. Ni de playa, ni de montaña, ni de río, ni de pasar más tiempo en la calle, ni de cenar en terrazas, ni de hacer excursiones…).

¿No hay otra cosa que hacer en verano? Es como si en invierno me pongo a invitar a todo quisqui a una sopa:

– ¿Por qué no quedamos en mi casa y os preparo una sopa?

– Podíais traer a vuestro hijo a comer sopa mañana por la tarde.

– Cuando queráis venid a casa y comemos lo típico que se come en invierno y que me da igual si te gusta o no porque te lo pienso poner en el plato y te lo meto por vena si hace falta.

Llamadme rara, aburrida, anticuada, bla, bla… Pero no me gustan y punto. No me gusta el cloro, odio que se tiren a boooomba y me salpiquen, me repatea que vaya el típico buceador y arremeta contra ti y, por supuesto, huyo del sol.

¿Y la playa? La playa sí, pero solo un ratito. A la hora de estar allí me aburro como una ostra. Y que sean cántabras, por favor. O las del Atlántico también me valen. Playas donde no tengas que madrugar para poner la sombrilla y donde dispongas de espacio suficiente para tender la toalla y no comerte el codo del tipo que está a tu lado.

Sí, Pegotito ha ido a la piscina este verano por primera vez y le encanta. Pero eso sí, mucho más tarde de las 5 y con sombra asegurada. Se lo pasa pipa con su padre en el agua. Porque yo prefiero verles desde el césped, sin que me salpiquen. ¿Llegará el día en el que tenga que meterme? Quizá. Pero de momento, veo los toros desde la barrera. 😉

Érase una niña a una pierna pegada

Rabietas

Pensaba que a medida que pasara el tiempo, dejaríamos atrás los momentos “solo quiero estar en los brazos de mamá“. Pero parece que estemos viviendo un flash back en toda regla, tipo Regreso al futuro.

A sus casi dos años Pegotito, con todos los momentos de independencia y autonomía que tiene, en (muchas) ocasiones solo quiere que yo la coja. Y cuando digo yo significa yo: ni padre, ni abuelo, ni abuela, ni Mickey Mouse si se presentara aquí.

Me encanta tenerla en brazos y esos momentos de amor que me profesa, pero a veces no puedo, sencillamente eso. No puedo atender a sus súplicas cuando tengo que preparar la comida para las dos. O cuando he de cortar la sandía. O si necesito darme una ducha porque hemos pasado una noche toledana por el calor y si salgo a la calle voy a dejar seca la hierba de los jardines. Tampoco si acabamos de comprar en la frutería y llevo dos bolsas, una en cada mano. Así que me persigue agarrada a mi pierna allá donde voy, montándome unos pollos de campeonato donde le pilla, que una no sabe si salir corriendo al hospital porque le pasa algo gravísimo o hacer las maletas y huir a Siberia, Alaska o la Patagonia. Cualquier lugar lejano con frío me serviría para alejarme de las rabietas.

Hace un rato, sin ir más lejos, me disponía a sentarla en su trona después de preparar la comida y aguantar su correspondiente berrinche tratando de no inmutarme. Tras diez minutos de intentos logré doblarle las piernas y sentarla, pero el estado de sofoco era tal, que se me estaban atragantando los macarrones.

¿Qué hacer  en esos casos? ¿Seguir comiendo como si nada y asistir inmutable al espectáculo sin que pruebe un solo bocado, con el riesgo de que vomite a causa del llanto? ¿Cogerla y reforzar su conducta? Pues la he cogido, sin más. La he sentado sobre mis rodillas y hemos comido las dos tan panchas, sonriéndonos y jugando a quitarnos la comida.

Quizá ahora me necesite más, no lo sé. Puede que a sus casi dos años sienta que se aproximan muchos cambios, que es más mayor y necesite que esté más cerca de ella para acompañarla. Puede ser que solo quiera llamar mi atención en los momentos en los que miro hacia otro lado. ¿Y cómo negarme a eso? Sencillamente, no puedo.

¿Os ha pasado también a vosotras con vuestros hijos? ¿O voy preparando las maletas? 😉

Harta de la operación pañal, sin haberla comenzado todavía

Operación pañal

En las últimas semanas no hay día que no vaya a casa de mi madre sin que se repita la siguiente conversación de besugos:

– Pronto tendrás que empezar a quitar el pañal a Pegotito, ¿no?

– Esto…, ¿no es a partir de los 2 años?

– Sí, pero ella los cumple pronto.

– Mamá, hasta octubre nada.

– Pero aprovecha ahora que es verano. Así si se hace las cosas encima, que se las hará, no pasa nada porque no hace frío.

– Pero es que me parece que aún es un poco pronto para ella.

– ¡Bah! ¡Si está niña está más que preparada! ¡Con lo lista que es! (amor de agüela lo llaman). Tienes que comprarle ya un orinal e ir poniéndola poco a poco.

Y así cada día, en un bucle infinito. 😉

A ver, que no digo yo que mi niña no sea lista, que será lo lista que son todos a sus casi dos años (¡por Dios! Los niños de ahora son unos espabilaos), pero reitero que quizá me parece un poco pronto. Es cierto que ella ya va diferenciando entre la caca y el pis. Hoy sin ir más lejos se tocaba el pañal cuando hizo caca y decía “ca-ca”, en su propio idioma. Y también que se parte de risa cada vez que entra conmigo en el baño (bye, bye, intimidad) y escucha cómo su mamá hace sus necesidades, momento que aprovecho para explicarle lo que ha ocurrido e intentar ella meter las manos dentro del inodoro (¡Aaaaggg, noooo!) Por no hablar de lo bien que se lo pasa oliendo el culo a sus muñecos y poniendo la cara de “aquí huele mal” que le he enseñado para, acto seguido, coger un clínex y limpiarles. Pero vamos, que no creo que pase nada por esperar un poco. Que no quiero forzar las cosas. ¡Un poco de relax!

Y, además, no sabéis la pereza que me da comenzar con la operación “P”, que significará una cosa: recoger material escatológico sí o sí. ¡Y bastante tengo ya con las migas y demás restos alimenticios! ¡Si parezco el camión de la basura! ¡Ay, soy una mala madre! 😦

Así que ahora mi máxima preocupación es elegir entre comprar un orinal, entre sus múltiples variedades (que si los normales de toda la vida o los retretes en miniatura. Al final me veo con uno de Peppa Pig, en color rosa palo, verás) o los reductores de wc. Al final tendré que hacerme con ambos. Porque al principio es más cómodo para ellos plantar el culo en algún sitio donde lleguen con facilidad. Obvio, ¿no? Imaginad a los pobres teniendo que subir un escalón cuando sientan la llamada de la naturaleza, con las prisas del momento.

Esto es inmimente: la operación pañal se va aproximando. ¡Noooo! 😉

¿Cuándo comenzasteis vosotras con la retirada del pañal? ¿Algún consejo?

Conciliación, ese cuento chino que nos creímos.

Concilia13F. Diario de una mami

Porque los niños son el futuro de este país.

Porque no es justo que te obliguen a elegir entre tu hijo o tu carrera profesional.

Porque no quiero responder a ciertas preguntas en una entrevista de trabajo.

Porque quedarse embarazada no debería ser un motivo de despido o de malas miradas en la oficina.

Porque no deberíamos ocultar nuestro embarazo para evitar ser relegadas a un segundo plano.

Porque además de ser mujer y madre, soy una profesional en lo mío.

Porque si yo estoy aquí es gracias a mi madre, que me cuidó todo lo bien que supo hacerlo.

Porque mi padre trabajaba 15 horas al día para poder comer.

Porque quiero recoger a mi hija del colegio.

Y sentarme a hacer los deberes con ella.

Porque quiero cuidarla los días que esté malita.

Porque quiero que la palabra conciliar adquiera un nuevo significado.

Porque revindicar no es quejarse. O sí. Qué más da.

Porque si Pegotito no existiera, yo tampoco.

#Concilia13F 

Club de MalasMadres

Superando mis miedos. Confesiones de una madre ornitofóbica

Solo conozco a tres personas que, como yo, tienen miedo a los pájaros: Kiko Rivera, la sobrina de una buena amiga mía y una chica que conocí hace siete años en un curso de Photoshop.

Ya no me siento un bicho raro. Ahora puedo decir sin tapujos que tengo ornitofobia, como el hijo de la Pantoja, cuando sucede alguno de estos acontecimientos, reales como la vida misma.

  • Veo una bandada de palomas que se abalanzan contra un trozo de pan cual zombis en The Walking Dead y tengo que ponerme a salvo a unos 200 metros.
  • Se me aproxima un pajarillo, en apariencia inofensivo, cuando estoy en algún parque, y comienzo a huir sigilosamente, para no despertar sospechas.
  • Me persigue un pavo porque voy comiendo pipas y tengo que echar a correr como alma que lleva el diablo.
  • Una gaviota se interpone en mi camino tratando de proteger a su cría, desplegando sus alas de una forma amenazante, mientras veo mi vida pasar como en una película (las gaviotas de las Islas Cíes tienen muy mala leche).

Entonces no te gustará la peli de Los pájaros, ¿no? ¡Jaja!

Ornitofobia

Pues no, mira. Hasta las narices estoy de esa cancioncilla. Porque sea un miedo poco convencional, no significa que sea menos que los otros. Yo no me descojono cuando alguien va y me dice que tiene fobia a las arañas o a los espacios cerrados. Sé lo mal que se pasa y lo incomprendido que te sientes.

Pero claro, ahora soy madre y eso lo cambia todo. Tengo que empezar a superar mis miedos, aunque sea solo un poco.

Porque a Pegotito le chiflan las palomas y cualquier otro ave que nos encontramos por la calle. Eso sí, yo trato de esquivarlos como puedo y le digo que es mejor verlos de lejos. Que corra el aire. Lo malo es cuando quiere pasar entre una bandada para espantarlas. Entonces cierro los ojos, me santiguo y allá que voy. ¡Jerónimoooo!

¿Y qué me decís de El pollo Pepe? Tiene narices la cosa que el best seller infantil por antonomasia trate de un pollo (un insulso pollo, todo hay que decirlo. Que encima la traducción al español ni rima ni ná de ná). Y encima el día que decido comprárselo a Pegotito (porque si no parece que voy a causarle un trauma), viene con un muñeco de un pollo. ¡Aggg!

El pollo pepe. Diario de una mami.

Edición especial, con el pollo y todo.

En cuanto a las gaviotas, veremos cómo nos las apañamos este verano. Porque esos bichos son muy, muy grandes. Y aunque vaya haciendo mis progresos, aún me queda camino por recorrer.

Está claro que ser madre te cambia la vida. Porque lo que no hagamos por nuestros hijos… 😉

12 cosas que he dejado de hacer desde que soy madre

Ser madre

Ser madre es genial. Despertarte cada mañana y ver a tu hija de pie en la cuna, sonriéndote y diciendo “mamá” es casi una experiencia religiosa, que diría Enrique Iglesias.

Pero no os negaré que, en ocasiones, echo de menos mi vida anterior. Y no solo por entrar y salir cuando me diera la gana, no preocuparme a veces por lo que comer o cenar o viajar a lugares lejanos con todas mis pertenencias en una mochila, sino por las pequeñas cosas, que cantaba Serrat. Hoy estoy muy cancionera, ¡qué le voy a hacer! 😉

Boli en mano y en unas hojas arrancadas de un cuaderno cualquiera, he confeccionado un listado de…

12 cosas que he dejado de hacer desde que soy madre

Maquillarme. Un poco de sombra aquí y sombra allá, labios pintados y poco más. Nunca fui de raya en el ojo ni de base de maquillaje. Ahora es casi inviable. Si estoy sola con Pegotito, ni me lo planteo. En 5 minutos me podría poner la casa patas arriba. O lo que es peor, subirse al sofá y tirarse de cabeza o meterse en la lavadora. Y si está su papá en casa, siempre soy la última en prepararme y nunca me queda tiempo. Me acabo pintando los morros rápidamente en el ascensor o mirando mi reflejo en el móvil en la calle. En fin…

Planchar. Esta es una de las cosas que mola dejar de hacerla, sinceramente. No es que antes planchara mucho, solo lo indispensable. Y, por supuesto, nada de quitar las arrugas a sábanas, toallas o manteles. Pero ahora, puedo tirarme meses sin enchufar la plancha. Básicamente solo la enciendo cuando hay que planchar algún vestido de Pegotito que lo necesita de veras. Si no, si sacudiendo bien la ropa al tenderla, no de dejándola días colgada al sol y doblándola correctamente, no hay que planchar ni las camisetas. Y si no, ¿no dicen que la arruga es bella? ¡Pues eso!

Ir al baño todos los días. Si es que hay días que una no puede disponer de sus 5 minutos de soledad para ir al baño. Vas a entrar y tienes que salir escopetada porque predices que Pegotito se va a dar un golpe de campeonato si se sigue subiendo encima del cojín. O te dispones a sentarte en el wc y aparece la susodicha diciendo “hola” y aproximándose peligrosamente al bidé para encharcar el suelo. Total, que llegan las 11 de la noche, después de ducharte, y ya se te han quitado hasta las ganas. Alguien me debería haber dicho que ser madre no es bueno para el tránsito intestinal… 😉

Hacer pis sola. Ya lo hago con público, que se parte de risa cuando le digo: “mamá va a hacer pis”. ¡Adiós intimidad!

Depilarme con frecuencia. ¡Con lo que era yo antes! Cada mes tenía mi cita para ir a hacerme la cera. Y ahora…, me apaño en casa, como puedo y cuando puedo. Ir a depilarme es una fiesta para mí. Si es que…, ¡soy feliz con cualquier cosa! 🙂

Llevar el pelo suelto. No sé qué tiene mi pelo, pero a Pegotito le vuelve loca. Tanto que cuando mama se entretiene dándome tirones. Y cuando se quiere dormir, tiene que tocarme el pelo para conciliar el sueño. Al final acabo con una contractura de cuello de pelotas. Así que coleta ya correr. Claro que, ni aún así me libro de los tirones. 😉

Echarme la siesta. Para mí, el mayor de los placeres. Siesta en la cama, con la persiana bajada y en pijama. Me encantan las siestas en las que duermes tanto y tan plácidamente que se te cae la baba (literalmente). Ahora me la echo de higos a brevas, y casi siempre en fin de semana. Entre semana aprovecho las siestas de Pegotito para recoger la cocina y los restos de comida esparcidos por el suelo y hacer cosas en el ordenador.

Irme a la cama pronto si estoy cansada. Para muchos una obviedad. Pues para mí no. Porque en cuanto Pegotito se duerme, comienza mi tiempo libre, por llamarlo de alguna forma: hay que ducharse, recoger el caos en el que se ha convertido la casa, sentarnos un ratito en el sofá, bloguear y al final me dan las tantas.

Comprarme ropa. Nunca encuentro un hueco para escaparme yo sola. Porque ir con Pegotito a un centro comercial es horrible. Lo único que hacemos es correr detrás de ella para evitar que se estampe contra cualquier cosa. Misión imposible.

Echarme crema hidratante en las piernas. Nunca pensé que lo echaría tanto de menos. Pero claro, se acabaron esas largas duchas y tirarte media hora en el baño echándote crema o masajeando tu cuero cabelludo. Si el últio bote que compré hace meses debe estar más seco que la mojama…

Leer un libro. Esto sí lo echo de menos de verdad. Me encanta leer, pero no saco tiempo. Siempre hay algo que hacer que me impide disfrutar de mi ratito de soledad cuando Pegotito duerme.

Ver la tele más de media hora seguida. No, ver los dibujos animados del Clan o del Disney Channel no vale. 😉

¿Y aún así merece la pena esto de ser madre? Sí, sin duda. 🙂 Porque algún día echaré de menos el caos en que se ha convertido mi vida. Y desearé volver a estos momentos en los que alcanzo la felicidad con solo una sonrisa de mi hija.