Enemigo a las puertas… ¡Mosquitos!

No hay nada que me moleste más que despertarme en plena madrugada por el zumbido de un mosquito. Se acabó la noche, se acabó dormir. Porque no tienes escapatoria. Da igual que pongas la cabeza debajo de la almohada. El muy canalla acabará encontrando la manera de meterse por algún recoveco y acabar haciendo el molesto ruidito a las puertas de tu tímpano. Tampoco funcionará que te parapetes debajo de las sábanas y a la media hora saques la cabeza, triunfal, deseando con todas tus fuerzas que se haya ido a explorar a otra habitación. De repente lo oirás de nuevo.

En otras circunstancias habría dado la luz y me habría puesto a inspeccionar cada rincón de la habitación, camiseta en mano, dispuesta a espachurrarlo de un golpe contra cualquier superficie. Pero pensar en despertar a Pegotito no me parece una buena idea. Y más ahora, que anda un poco inquieta por las noches debido a, creemos, las muelas y los colmillos.

Así que solo queda esperar hasta la mañana siguiente, como puedas. Y entonces evaluar los daños colaterales: las picaduras. Parece que he dejado de ser objetivo número uno de los mosquitos que se cuelan en casa y ahora van a por Pegotito. En dos días hemos contabilizado unas 8 picaduras. Lo peor de todo es que algunas de ellas han acabado hinchándose más de la cuenta y estamos a base de pomadas: una antibiótica y otra con corticoides, que ya la simple palabra me produce urticaria.

Por esta razón le he declarado la guerra al puñetero mosquito. Sí, es solo uno, a mi juicio. Pero por su tamaño, yo diría que “tigre” es su apellido. Le he visto volando plácidamente por la casa, escapando de mis camisetazos a diestro y siniestro.

Como los antimosquitos de enchufe no me gustan mucho por el olor a insecticida que desprenden (¡anda que no los habré usado en mi juventud!), me he hecho con un arsenal de limones clavos (la especia). Dicen que puedes fabricarte un antimosquitos estupendo cortando un limón por la mitad e insertando en él clavos. Y doy fe de que es cierto. Llevamos dos días sin contabilizar nuevas picaduras. ¡Yuhu! Además, sirve también de ambientador natural. 😉

Otro recurso del que me sirvo para luchar contra el mosquito es el vinagre. Echo un poquito en una taza y lo coloco en la cómoda de nuestra habitación para que el enemigo no se atreva a entrar en nuestros aposentos.

Y así todos soñamos con gazpacho y boquerones en vinagre.  😉

¿A vuestros peques les pican los mosquitos? ¿Qué remedios naturales utilizáis para combatirlos?

Agradecida y emocionada por mi premio Best Blog

Premio Best Blog

Me puse a cantar a lo Lina Morgan cuando las chicas de Mi refugio virtual me concedieron el premio Best Blog.

Agradecida y emocionada.

Solamente puedo decir:

¡Gracias por nominarme a mí!

Mi blog es un bebé comparado con el de otras mamás (actuales o en búsqueda), así que os podéis imaginar la ilusión que me ha hecho. Y más que venga de la mano de Gloan y Sra. Jumbo, dos mujeres con mucho arte escribiendo y sin pelos en la lengua que, si aún no las conocéis, os estáis perdiendo muchos buenos momentos. Yo descubrí su blog no hace mucho y cada vez que aparece en el lector de WordPress una de sus entradas, la leo sí o sí. No es peloteo. 😉 Así que, chicas, muchas gracias. ❤

He estado buscando info sobre el premio, sobre si había que responder preguntas y esas cosas, como en los Liebster Award. Y como no he encontrado nada oficial, no sé si porque tengo tanto sueño que me pican los ojos o porque, sencillamente, no hay una web oficial, que dudo mucho, seguiré las instrucciones de los Liebster y punto pelota.

Voy a contar 10 cosas sobre mí:

  1. Soy como Garfield: me encanta la lasaña y echarme la siesta
  2. Cuando tengo hambre no te acerques a mí. Se me pone un mal humor increíble. ¡Huye!
  3. No sé caminar con tacones
  4. No me compro camisas porque hay que plancharlas
  5. La tarea doméstica que más me gusta es tender la ropa
  6. Mi comida favorita: me gusta todo MENOS las alcachofas
  7. Para ser feliz solo necesito un helado de chocolate
  8. Los balones siempre vienen directos a mí. Tengo una especie de imán
  9. Lloro con los anuncios de Coca Cola
  10. Soy más de montaña que de playa. Y no porque vaya sin depilar. 😉

Una vez realizadas mis confesiones, voy al grano. Estos son mis nominados a los premios Best Blog. ¡Enhorabuena!

  1. Diario de una mamá novata
  2. Esto no es como me lo contaron
  3. Mamá hace oídos sordos
  4. Centímetro news
  5. Primeriza en apuros
  6. Entre mis horas
  7. Mamaruja 24 horas
  8. Hijitis aguditis
  9. Días de 48 horas
  10. La mamá de Álvaro

Igual se me ha colado alguno que tenga más de 200 seguidores. Si es así, que devuelva el premio y Santas Pascuas. 😛

Mi parto (II). Respirando, que es gerundio

Respiración durante el parto

Retomo la serie de relatos sobre mi parto que comencé la semana pasada.

Como contaba en el primer post, acababa de llegar al hospital y me encontraba diciendo en recepción otra vez la frasecita de “Hola. He roto aguas“.

Enseguida me pasaron a triaje, o en otras palabras, la sala donde te evalúan rápidamente y te derivan a la sección correspondiente, en mi caso ginecología. Yo no tenía mucho más que añadir, así que me despacharon con bastante celeridad, no fuera a ser que pariera allí mismo. Pero antes esperé a mi chico, que llegó en cinco minutos.

Me condujeron a una sala donde me formularon la pregunta más absurda del mundo mundial: “¿Estás segura de que has roto aguas?” Lo que dije: ““.

Lo que debería haber dicho:

“Pero por favor, ¿no ves cómo llevo los pantalones, que me van a comenzar a desteñir? ¡Pero si mi casa parece el Titanic! ¿Cómo no voy a estar segura?”.

Claro que, las palabras de la ginecóloga no se quedaron ahí. Tenía el día sembrado la chica: “Sabes que la niña es pequeñita, ¿no?“. Lo que dije: “Sí”.

Lo que debería haber dicho:

“No, no tengo ni idea. La verdad es que he pasado del embarazo, no sé ni de qué semana estoy. Gracias por los ánimos. Gracias por acojonarme más de lo que estoy porque voy a parir a un bebé prematuro“.

Pero claro, una es primeriza y hay ciertas cosas que te callas porque sí, porque te pillan sin experiencia y no sabes qué responder. Si hay próxima vez, esto no me pasa. 😉

Una vez me realizaron el primer tacto vaginal (1 centímetro de dilatación), continuó echando perlitas por esa boca que Dios le ha dado: “La niña tiene una mano colocada por delante de la cabeza. Si no la mueve de ahí, tendremos que hacerte una cesárea“. La cesárea me la iba a hacer yo misma del estrés que me estaba entrando a causa de este espécimen. ¡Por favor, sáquenme de aquí!

Me llevaron a la que sería mi casa durante las diez horas siguientes: la sala de dilataciónparitorio. Mi chico y yo nos miramos y nos dijimos con la mirada algo así como “Ha llegado el momento. No saldremos de esta sala si no es con nuestra hija“. Sonaba fuerte, aunque no hubo palabras.

El lugar no era tan horrible como me lo había imaginado. Tenía mi pelota de pilates, baño, armarito para los bártulos, agua… Un hotelito cinco estrellas con una cama grande articulada. Hasta el típico reloj enfrente, en el que vería pasar las horas como si de una película se tratara. Que digo yo que por qué no pondrán una tele, aunque sea de las de echar monedas. Así todo sería más entretenido, ¿no?

Enseguida llegó la que sería mi primera matrona (hubo un cambio de guardia sobre las 21 o 22 h). Yo aún no sentía ninguna contracción. Esto es maravilloso, pensaba. ¿Será así todo el rato? ¡Ilusa de mí! Comenzó el juego de pinchar a la parturienta por todo el brazo y por las manos para cogerme una vía. Esto de tener las venas finas es bastante desagradable. Ya me veía ahí, mareada, agonizando, ¡pero no! Mi aversión a la sangre y los pinchazos desaparecieron. Si ya digo yo que el parto ha cambiado mi vida… 😉

Acto seguido me enchufaron la oxitocina para acelerar un poco el proceso. Supongo que para que la peque naciera antes de las 12 horas de la rotura de bolsa y minimizar el riesgo de infecciones. O porque tenían prisa, no sé. ¿Por qué en esos momentos no se me ocurre preguntar? ¡Ah, sí! Porque era primeriza y estaba acojonadísima. Así que…, a tomar por saco mi Plan de Parto, que llevaba de la mano desde que entré al hospital.  Me debían de llamar “la loca del Plan de Parto”. Solo me faltaba pegármelo en la frente. ¿Para eso me paso dos semanas rellenándolo?

En un rato supe lo que era una contracción. Y comencé comenzamos a respirar y soplar como posesos. Mi chico, el maestro de ceremonias de la respiración, me dirigía como si fuera el director de una orquesta. Parecíamos un cuadro: yo botando en la pelota de pilates y él agitando los brazos para marcar el ritmo y masajeando mi espalda cuando el dolor se agudizaba. Mi frase mantra era “¡Dime cuando comienzan a remitir!” Yo no sé vosotras, pero mi monitor de contracciones parecía que iba a explotar: 70, 80, 90, 100, 120… La intensidad no paraba de subir.

La dilatación iba muy, muy lenta. ¡Ay, madre, que esto acaba en cesárea!, me decía a mí misma. A las 6 de la tarde tenía apenas 2 centímetros de dilatación. Siempre me he preguntado cómo calculan estas cosas. ¿Miden con una regla? 😉 Menos mal que por lo menos había comido bien. Porque una es de buen comer y le preocupan esas cosas. Y, además, no sabría cuándo iba a poder llenar de nuevo el estómago. Gajes del oficio. 😉

En un momento dado la matrona me preguntó si iba a querer la epidural un poco más adelante, para ir avisando al anestesista. Yo no sabía qué hacer. De momento iba aguantando bien el dolor. Pero claro, no sabía si esto iría a más o no. Y, por otro lado, también estaba el binomio tiempo-cansancio: a medida que las horas pasaban el agotamiento se iba haciendo más evidente. Y necesitaba llegar al expulsivo con todas las fuerzas del mundo. Así que…, tras escuchar los posibles efectos secundarios de la analgesia, one more time, y de preguntarle cientos de veces a la matrona “¿Esto suele ir bien, verdad?”, sobre las 9 y media de la noche, y con 3 centímetros de dilatación, me encomendé a Santa Epidural y crucé los dedos para que todo saliera bien.

¿Y salió? La respuesta tendrá que esperar… 😉

Continuará…

El primer corte de pelo

Siempre me ha parecido un mito eso de “si te cortas el pelo, crece más fuerte“. Por eso, estos 19 meses desde que nació Pegotito he estado haciendo oídos sordos a comentarios del tipo: “¿Cuándo vas a cortarle el pelo?“, “¿No le vais a cortar el pelo? Nosotros se lo hemos cortado a Fulanita y mira qué fuerte le está creciendo“.

O el remate de los tomates:

La enfermera nos ha dicho que le cortemos el pelo ya, que lo que tiene es pelusilla y le tiene que salir ya el pelo definitivo“.

¿Cómoooooo? No doy crédito, como los bancos. 😉

Las razones por las que decidimos esperar a cortarle el pelo a Pegotito fueron básicamente 3:

  1. No tenía mucho pelo, ¿para qué cortarle algo casi inexistente?
  2. ¿Para qué quiero que le crezca más fuerte? A ver si se me va a convertir en Sansón, así, de un día para otro.
  3. ¿Quién es el valiente que le mete unas tijeras a una personita que no para de moverse? En la mayoría de peluquerías no les gusta nada que entres con un niño tan pequeño con intención de hacerle un cambio de look. Y yo, como madre, hubiera sufrido de lo lindo.

Pero la cosa se estaba poniendo ya un poco asalvajada y mi pobre hija parecía un pollito recién salido del huevo, con una especie de pelos desbocados por la parte de atrás de la cabeza que se enredaban formando rastas. Era un Melendi en potencia. Necesitábamos una peluquería urgentemente.

Varias personas, entre ellas una buena amiga, nos habían hablado bien de una cadena de peluquerías infantiles, Fashion Kids. Así que, allá que nos fuimos, previa cita. Esto es importante. Si no coges cita vía teléfono, olvídate.

El sitio está muy bien: todo pensado para los peques. Pueden esperar su turno en un rinconcito lleno de juguetes y libros; las sillas donde se sientan para cortarse el pelo son aviones o coches; tienen a su disposición una tele donde ver sus dibujos preferidos para que se estén quietecitos… Y, lo más importante, el personal cuenta con experiencia en esto de cortar el pelo a niños, que es lo más importante.

Ni qué decir tiene que a Pegotito de nada le sirvieron las sillas coche avión o La Casa de Mickey Mouse que se proyectaba en su tele. Montó un cisco de campeonato cuando la subimos a su silla y tratamos de ponerle su “camisa para los pelos”. El sufrimiento duró solo diez minutos, afortunadamente. Y el resultado, perfecto. Menuda maestría (y paciencia) tuvo la peluquera. 😉

¿Y el precio?, os preguntaréis… ¿Os han clavado? Bueno, ni fu ni fa. Es cierto que 12,50€ en 10 minutos nos sale a 1,25€ el minuto. El minuto de oro, podríamos llamarle. Pero dado que no voy a cortarle el pelo todos los meses y que el resultado y la experiencia de la peluquera fueron realmente buenos, no me parece demasiado caro.

Además, nos hicimos del Club Fashion Kids, para optar a descuentos en cortes de pelo. Así que, la apuntamos como la pelu de Pegotito. 😉

¿A qué edad les cortasteis el pelo a vuestros peques? ¿Qué tal la experiencia?

Mi parto (I). Un, dos, tres… ¡Splash!

Ya estaba yo tardando en hablar sobre mi parto, con lo que me gusta recordarlo. Debo de ser masoquista o algo así, porque me encanta hablar sobre ello y compartir mi experiencia con otras mujeres. Además, esto es un blog sobre maternidad, ¿no? Pues allá vamos. 😉

Lo voy a dividir en tres partes para que esto no sea más largo que un día sin pan. Comenzamos con la primera. La he titulado como una famosa peli de los 80. Las que seáis de mi quinta seguro que os acordáis: Tom Hanks, Daryl Hannah y una sirena. Porque al principio hubo agua, mucho agua. Esta es mi historia…

7 de octubre de 2013

Las clases de preparación al parto finalizaron ese día. En la última sesión habíamos estado viendo los pujos y una de las compañeras, embarazada, claro, se había ofrecido voluntaria para escenificar el momento clave. Salía de cuentas ese mismo día. ¡Qué curioso!, pensé. Como se ponga de parto esa misma noche, ¡menudo punto!

El momento se estaba aproximando y, aunque aún faltaban unas 5 semanas para que llegase mi fecha prevista de parto, el canguelo se empezaba a apoderar de mí. ¿Seré capaz de parir a mi hija, con lo blandengue que soy? ¿Reconoceré las contracciones? ¿Cómo era: dos cada cinco minutos o cada diez? ¡Ay, Dios! A ver si me va a pillar sola en casa y no me entero…

Las cosas para el hospital ya estaban preparadas. Había terminado de ultimar los detalles hacía unos días, siguiendo las recomendaciones de mi madre, por si las moscas. En total íbamos a llevar dos bultos: una mochila para mí y una bolsa de bebé para nuestra pequeña. Que no se me olvidara el mp3 con la carpeta especial de música para dilatación que me había estado currando. Me encanta cantar, me relaja, y seguro que en esos momentos me vendría bien entonar la letra de las canciones de Sabina, Hombres G, Aerosmith, Macaco, Revólver o incluso el Nessun Dorma de Pavarotti.

A ver si un día de estos nos pasábamos a recoger las patas del moisés donde dormiría nuestro bebé. Ya me habían avisado de la tienda y lo habíamos ido dejando de largo. No vaya a ser que le dé por nacer y haya que ir deprisa y corriendo a por ellas.

Mi chico comenzaría a ir a trabar en coche cuando cumpliera la semana 37, la cuenta atrás, the final countdown. Mientras, seguiría moviéndose en transporte público. Estaba todo calculado para que los abonos de tren cuadrasen.

Pero el destino, curiosidades de la vida, lanzó sus dados y me puso a prueba al día siguiente. 😉

8 de octubre de 2013

Me levanté tarde, puesto que no había pasado una noche demasiado buena, como venía siendo habitual desde finales de agosto: despertares continuos cada 3 horas aproximadamente, calambres en las piernas e imposibilidad de dormir más de un par de horas seguidas. Seguía de baja médica por esta razón, así que mi única obligación era descansar todo lo que pudiera. Menos mal que mi doctora se portó bien. Me resultaba imposible ir a trabajar durmiendo 2 horas al día. No era persona.

Después de desayunar, bajé a comprar. Me apetecía preparar pisto para cenar. Así que fui a por los ingredientes y regresé a casa para dejarlo todo picado y así poder salir a pasear cuando mi chico regresara del trabajo.

Luego de trocear el pimiento, la cebolla, el calabacín y Cía, llegó la hora de comer. Así que aliñé la ensalada de pasta, la llevé al salón, me la comí y empecé a pensar en echarme la siesta cuando terminara Saber y Ganar. Pero antes, me levantaré a por un trocito de melón, dulce y fresquito. ¡Hummmm! Y entonces sucedió. Eran las 15:30…

¡Splash! Fue como si me explotara un globo de agua por dentro. Me quedé en shock. Miré hacia abajo y vi chorrear por mis piernas líquido transparente. ¡No puede ser! ¡Solo estoy de 35 semanas! El pánico se apoderó de mí. Tranquila, tranquila, recuerda lo que te contaron en las clases de preparación. ¿De qué color es? Volví a mirar hacia abajo. Es clarito. Todo está bien. Tranquilidad. ¿Cómo mantener la calma en esos momentos? Estaba muerta de miedo.

Cogí el teléfono y llamé a mi chico.

– Hola. Esto…, he roto aguas.

– ¡Jooooder! Llama a un taxi y nos vemos en el hospital. Salgo para allá.

– No, te espero en casa. El líquido es clarito, todo está bien. Yo estoy bien. Un poco asustada, pero bien.

– Vale. Salgo inmediatamente. Cogeré un taxi.

– De acuerdo. Voy a ir cambiándome y a recoger un poco lo de la comida.

Pero era imposible moverme sin que el líquido amniótico siguiera saliendo. Al final mi casa se había convertido en una pista de patinaje. ¡Joder! ¡Me voy a cargar la tarima! ¿Qué tengo ahí adentro, una piscina olímpica?

Mi chico llamó. No encontraba ningún taxi. Le dije que tenía miedo de escurrirme y caerme, que no paraba de salir líquido, así que decidí llamar a Radioteléfono Taxi. Teléfono que, casualmente, había encontrado en mi buzón unos días antes (¿casualidad o señal?). Quedaríamos en la puerta del hospital.

Yo, presa del pánico, necesitaba hablar con alguien más. Llamé a mi madre. Nunca se me olvidarán sus palabras:

– Hola. Mamá, he roto aguas.

(Silencio absoluto)

– ¿Qué quieres decir?

– ¡Que he roto aguas! ¡Que estoy de parto!

Todavía nos seguimos riendo de aquel momento. No tiene desperdicio. 😀 😀

El taxi llegó en 10 minutos, así que cogí mis cosas y bajé. Creo que el taxista se debió poner malo al verme. ¡Ay, madre, a ver si va a dar a luz aquí!

– Qué, ¿vamos de parto? – otro lumbreras 😉

– Sí. Creo que te voy a dejar esto un poco mojado.

– Bah, no te preocupes, eso se seca.

El trayecto hasta el hospital duró muy poco. En la puerta llamé a mi chico. O me llamó él, no lo recuerdo.

– ¿Qué hago? ¿Paso ya o te espero?

– ¡Pues claro, pasa! ¿Cómo no vas a pasar? ¡Llegó en 5 minutos!

Y ahí estaba yo, en el mostrador de información, diciendo por tercera vez: “Hola. He roto aguas“. Sonaba como.

Hola. Soy Íñigo Montoya. Tú mataste a mi padre, prepárate a morir“.

Continuará…

Nuestra primera vez en Faunia

Últimamente tengo como una especie de ansia de hacer planes en familia. Llega el fin de semana y empiezo a pensar en actividades que podamos hacer los 3 para que Pegotito se lo pase pipa y piense que tiene unos padres divertidos y maravillosos. A veces se me olvida que solo tiene 19 meses (¡19 meses ya!) y que seguro que ya lo piensa, a juzgar por las carcajadas diarias que le provocamos. Menos mal que mi parte contratante me para un poco los pies. Porque si no, no sé muy bien dónde hubiéramos acabado…

Así que aprovechando el calor infernal buen tiempo que está haciendo últimamente, típico del mes en el que estamos, julio, digo mayo, nos liamos la manta a la cabeza y el pasado finde nos fuimos a pasar el día a Faunia. ¡Bah, menuda aventura!, pensarán algunos con desdén. Sí, tal vez. Tampoco es que nos hayamos embarcado en una expedición por el Amazonas o recorrido el Sáhara en 4×4, pero ¿cómo definiríais ir a una especie de zoo chiquitito cargados como mulas, rodeados de niños, carritos y demás fauna (nunca mejor dicho), con un terremotito que se escapa a todos lados y un calor de narices? Esto es aventura. Y no el programa de Jesús Calleja. 😉

Si no habéis estado nunca en Faunia, os diré que es tipo el zoo de Madrid, pero más pequeño, en el que los animales están distribuidos por zonas temáticas y ecosistemas, algunos de ellos organizados dentro de una especie de pabellones. Por ejemplo, el ecosistema polar es un recinto cerrado y techado donde puedes ver a los pingüinos y a otros animales de altas latitudes sobreviviendo en su interior. Y digo sobreviviendo porque a veces me paro a pensar en las condiciones en las que están y me da un poco de pena. Que no digo yo que no los cuiden bien, ni mucho menos, pero me da cosilla. Será que estoy sensible.

Si os animáis a ir algún día, os recomiendo que os hagáis con algún descuento, porque la entrada no es barata precisamente: las de adulto (a partir de 8 años) salen a 25€ por persona. Los menores de 3 años no pagan. Podéis comprarlas en su web de forma anticipada o el llamado Flexi Ticket, que todavía no me he enterado de cómo funciona: el precio fluctúa más que las mareas. O también, recurrir a los descuentos de Family Check o Urban Check. Ala, ahí os dejo algunas opciones. 😉 Eso sí, mejor comprar las entradas online para no tener que esperar cola.

Los que sí tuvimos que esperarla fuimos nosotros. Cada vez que hay que hacer cola, ya sea en el supermercado, para entrar a algún evento, en la taquilla del cine (cuando íbamos al cine), experimentamos en nuestras propias carnes la Ley de Murphy. Y entonces, no sabemos por qué, la fila donde estamos situados comienza a ralentizarse. Lo mejor es que empiezas a decir en voz alta frases del tipo “Pero por favor, ¿por qué tardan tanto? ¿Se han ido a fabricar el papel para imprimir la entrada?”. Y al final empatizas con los que están situados delante de ti. Algún día haremos amigos en las filas. 😉

Una vez alcanzados los 45 minutos de cola… ¡Bieeeeen! ¡Estamos dentro! ¡Pistoletazo de salida!

Vimos animales de granja:

Cerdos Faunia. Diario de una mami

Mariposas grandísimas:

Mariposa Faunia. Diario de una mami

Cocodrilos:

Cocodrilo Faunia. Diario de una mami

Pero lo que más le gustó a Pegotito fueron los pingüinos:

Pingüino Faunia. Diario de una mami

Pingüino nadando Faunia. Diario de una mami

¡Nadaban súper rápido!

Se creía que eran peces por aquello de que se tiraban al agua y nadaban, así que ella hacía el pez con su boquita.

Atención, aviso para padres: a la salida del ecosistema polar te topas con un parque infantil la mar de grande.

Nos dimos cuenta cuando Pegotito comenzó a gritar: “Taaaaa-teeeee”. Traducción simultánea: par-que. ¡Noooo! No nos hemos gastado un pastizal para acabar en un parque, así que ¡continuemos!

En resumen, lo pasamos bien. Acabamos agotados, eso sí, pero con una experiencia más en la mochila de nuestra vida en familia. 😉

¡A por la siguiente!

Mamá, no te escondas

En ocasiones me sorprende, y mucho, el comportamiento humano. Casi diariamente vemos en las noticias imágenes de personas fallecidas en atentados o tiroteos y no nos escandalizamos. O emiten una película porno y no nos hacemos cruces diciendo: “¡Oh, Dios mío!”. Bueno, o quizá sí, pero otros motivos, jajajaja…

Sin embargo, hace unos días, leyendo un post de Así piensa una mamá titulado “#mamanoteescondas“, parece que hay cierto tipo de personas (?) a las que ver en la calle o en un lugar público algo tan natural como una madre amamantando a su hijo hace que se les caigan los palos del sombrajo, como se suele decir. Y yo me pregunto, ¿por qué? ¿Por el hecho de ver una teta, quizá? ¿Acaso no vemos tetas a diario en la misma tele? ¡Ah, claro! Las tetas de la tele son perfectas, estupendas, redonditas y respingonas, la antítesis de las tetas de la calle, las de las mujeres reales.

¿O será porque esos o esas que lanzan miradas reprobatorias a una mujer y su hijo, que disfrutan en ese momento de la lactancia, son robots con apariencia humana, a lo Terminator, y no comen? Sí, os prometo que hay gente que puede tirarse hasta nueve horas sentada en una silla sin probar bocado. Lo sé porque he coincidido con muchas en mi vida laboral. 😉

O, sencillamente, no tienen corazón, no son humanos. Si no, ¿cómo te explicas que una persona pueda mirar con desprecio a un bebé que mama del pecho de su madre? ¿Acaso hay algo más bonito que esa conexión entre madre e hijo, ya sea con una teta de por medio, una mirada, un abrazo, un beso, una sonrisa?

Hoy quiero sumarme a la iniciativa #mamánotescondas, creada y promovida por los blogs Misión: Mamá NinjaUn papá como Darth Vader, #papanoara: papá de seis y La parejita de golpe. Si quieres apoyarla, puedes escribir tu propio post y/o difundir el hashtag en las redes.

Porque cada mujer tiene el derecho de amamantar a su hijo donde le dé la gana, sin que nadie pueda dedicarle ni una mirada, ni una palabra. Mamá, no te escondas.

¿Sabéis qué es lo mejor de escribir este post? Que he repetido tanto la palabra teta que me van a llover las visitas, ¡jajaja!. Aunque creo que mi blog no va a poder satisfacer esas búsquedas 😉